viernes, 14 de abril de 2017

14 DE ABRIL, VIERNES SANTO

Imagen Referencial - Autor: Jose Carlos Castro (CC-BY-NC-2.0)

Imagen Referencial - Autor: Jose Carlos Castro (CC-BY-NC-2.0)


1. El viernes Santo es día de penitencia obligatorio para toda la Iglesia y por tanto hay que guardar en este día la abstinencia y el ayuno, y según la oportunidad también el Sábado Santo hasta la Vigilia pascual. El ayuno de estos dos días es además de penitencial, celebrativo, ritual, y contemplativo del misterio de la Cruz. Si bien es personal es sobre todo comunitario: la comunidad ayuna en la espera de su Señor Resucitado. Es toda la persona la que celebra la Pascua, no sólo la mente y el espíritu sino también el cuerpo. No hay que olvidar que el ayuno tiene en la espiritualidad cristiana un gran valor: en una sociedad marcada por el consumismo y lo superfluo, es un medio para vivir la ascesis, el autocontrol, el señorío de sí mismo, y para ver en los bienes de este mundo su carácter perecedero y pasajero.

2. La Iglesia, siguiendo una antiquísima tradición, en este día no celebra la Eucaristía y la Sagrada Comunión sólo se distribuye a los fieles durante la celebración de la Pasión del Señor. Sin embargo los enfermos que no puedan participar en dicha celebración pueden recibirla a cualquier hora del día.

3. Esta prohibido celebrar en este día cualquier sacramento, a excepción de la Reconciliación y de la Unción de los Enfermos. Las Exequias, si las hubiese, han de celebrarse sin canto, ni instrumentos. Se recomienda que en este día se celebre en las iglesias el Oficio de Lectura y los Laudes con participación de la comunidad.

4. No tenemos Eucaristía pero sí una celebración litúrgica de la Muerte del Señor, una celebración de la Palabra que concluye con la adoración de la Cruz y con la comunión eucarística. Es una celebración sencilla, sobria, centrada en la muerte del Señor Jesús. Su estructura está bien pensada, aparece equilibrada, con proporción entre la dimensión de escucha de la Palabra de Dios y la acción simbólica de la adoración de la Cruz y su veneración con el beso personal de todos. Lo importante es saber captar la dinámica de esta celebración y aprovechar espiritualmente toda su fuerza en la misma celebración:

- Proclamamos el misterio de la Cruz, en las lecturas de la Palabra de Dios.
- Invocamos la salvación del mundo por la fuerza de esa Cruz.
- Adoramos la Cruz del Señor Jesús.
- Y finalmente participamos del misterio de esa Cruz, del Cuerpo entregado, comulgando de él.

La Pasión de Cristo es pues, proclamada, invocada, venerada y comulgada.

5. Sobre la hora de los Oficios de la Pasión: «La celebración de la Pasión del Señor ha de tener lugar después del mediodía, cerca de las tres. Por razones pastorales, puede elegirse otra hora más conveniente para que los fieles puedan reunirse más fácilmente...pero nunca después de las nueve de la noche».

6. Sobre la estructura de la celebración es bueno tener presente:

a. La Entrada

- No hay canto de entrada. Sale el sacerdote con sus ministros, con vestidos de color rojo porque celebramos la muerte martirial de Cristo. El Misal dice que el sacerdote, después de hacer la reverencia al altar, se postra en el suelo o se arrodilla. Es preferible la opción de la postración: «esta postración, que es un rito propio de este día, se ha de conservar diligentemente por cuanto significa tanto la humillación del hombre terreno, cuanto la tristeza y el dolor de la Iglesia» . Los demás se arrodillan a la postración del sacerdote y oran todos en silencio por unos instantes. La oración con la que termina el rito de entrada, es mejor decirla desde el mismo lugar donde ha estado postrado el sacerdote y se puede elegir entre dos opciones que presenta el Misal. La primera apunta a que ya estamos celebrando la Pascua; la segunda compara los efectos de la Pasión del Señor Jesús con los del pecado del primer Adán.

b. Liturgia de la Palabra

- Las lecturas de este día han de ser leídas por entero. El salmo y el canto que precede al Evangelio, deben cantarse como de costumbre.

- La lectura de la Pasión según San Juan, el único apóstol que estuvo al pie de la Cruz con Santa María y las santas mujeres, se canta o se proclama del mismo modo que se ha hecho en el domingo de Ramos. Esta lectura impresionante constituye el centro de la celebración de este día.

- Después de la lectura de la Pasión se tendrá una breve homilía para resumir y aplicar a nuestra vida la gran lección de la Cruz y al final de la misma los fieles pueden ser invitados a permanecer en oración silenciosa durante un breve espacio de tiempo. Es bueno recordar que la proclamación de las lecturas de la Palabra viva de Dios, es ya presencia sacramental del acontecimiento de la Cruz y no un mero recuerdo. Es proclamación y comunicación de la Cruz, del amor del triunfo de Cristo contra el pecado y la muerte.

c. La Oración Universal

- La de este día es la más solemne y clásica. Es universal, rogando por las diversas categorías de personas. Con la confianza puesta en el Señor que muere en la Cruz, que es nuestro Mediador y nuestro Sumo y Eterno Sacerdote, pedimos al Padre la salvación para todo el mundo. Estas oraciones «expresan el valor universal de la Pasión de Cristo, clavado en la Cruz para la salvación de todo el mundo» . Actualmente esta Oración del Viernes Santo tiene cuatro intenciones por la Iglesia, otras cuatro por los creyentes o no creyentes, y dos por los gobernantes y los que sufren de alguna manera. Su estructura no admite modificaciones o inclusiones de propia iniciativa, salvo que el Ordinario del lugar por alguna causa justa y de necesidad pública disponga la inclusión de alguna petición.

d. La Adoración de la Cruz

- En la adoración de la Cruz, «úsese una Cruz suficiente, grande y bella. De las dos formas que se proponen en el Misal para mostrar la Cruz, elíjase la que se juzgue más apropiada. El rito ha de hacerse con esplendor digno de la gloria del misterio de nuestra salvación; tanto la invitación al mostrar la Cruz, como la respuesta del pueblo, háganse con canto, y no se omita el silencio de reverencia que sigue a cada una de las postraciones, mientras el sacerdote celebrante, permaneciendo de pie, muestra en alto la Cruz».

- «Cada uno de los presentes del clero y del pueblo se acercará a la Cruz para adorarla, dado que la adoración personal de la Cruz es un elemento muy importante de esta celebración y únicamente en el caso de una extraordinaria presencia de fieles se utilizará el modo de la adoración hecha por todos la vez» .

- Se debe usar una sola Cruz para la adoración tal como lo requiere la verdad del signo. Es muy recomendable que durante la adoración se canten las antífonas, los improperios y el himno que se encuentran en el Misal Romano, o bien otros cantos adecuados.

- Hoy es un día en que sería lógico un recuerdo mariano en honor a Santa María, la Mujer fuerte de la fe, que estuvo al pie de la Cruz de su Hijo. Por ello sería loable añadir al final de la adoración de la Cruz, una pequeña conmemoración de la Virgen María, la Madre dolorosa, la cual puede hacerse con la siguiente monición:

"Hermanos: hemos adorado solemnemente la Cruz, en la cual el Señor Jesús, muriendo nos reconcilió. También María estaba junto a la Cruz del Hijo, uniéndose a su sacrificio, cooperando con amor de Madre a nuestra salvación. En aquel momento la espada profetizada por Simeón le traspasó el corazón y aquélla fue la hora de la cual le había hablado Jesús en Cana. Junto a la Cruz, la Madre fuerte en el inmenso dolor que sufría con el Hijo Único, nos da a luz a la vida de la gracia y de la reconciliación. Nosotros que hemos celebrado la Pasión del Hijo, recordemos también el dolor fecundo de la Madre. Cantemos..."

e. La Comunión del Viernes Santo

- El Viernes Santo no celebramos la Eucaristía. Pero desde hace siglos se ha introducido la comunión. Por ello, como quiera que en este día no hay celebración de la Eucaristía, se ha tenido que consagrar en la del Jueves Santo las Hostias necesarias para la comunión del Viernes. De ahí que la celebración de este día se llame "misa de presantificados", porque se comulga con un Pan Eucarístico consagrado antes.

- Terminada la adoración de la Cruz, y el recuerdo mariano, el sacerdote va a recoger por el camino más corto el Santísimo Sacramento de la reserva y mientras tanto los demás ministros revisten el altar con el mantel, los cirios, el corporal y el Misal.

- Una vez puesto el copón con las Hostias consagradas sobre el altar, el sacerdote canta o reza la invitación al Padre Nuestro que es rezado o cantado por todos. No se da el signo de la paz y la comunión se desarrolla tal como está descrita en el Misal. Terminada la distribución de la comunión, el copón se lleva nuevamente a su reserva.

- Terminada la celebración se despoja el altar, dejando la Cruz con cuatro candelabros en un lugar adecuado de la iglesia para que todos puedan adorarla, besarla y permanecer en oración y meditación delante de ella.

7. «Los ejercicios de piedad...no se pueden descuidar (este día de Viernes Santo), dada su importancia pastoral» . Hoy es uno de los días del año en que más hay que esforzarse por buscar un equilibrio entre la liturgia y las devociones de religiosidad popular, conjugando su horario y también su lenguaje. Entre estos ejercicios de piedad popular están: el Vía Crucis, el Sermón de las Siete Palabras del Señor Jesús en la Cruz; las procesiones del Viernes Santo con los "pasos" de Cristo y de su Madre que representan las diversas escenas y momentos de la Pasión; los recuerdos de los dolores de la Santísima Virgen María, entre otros.



BIBLIOGRAFÍA

Es Cristo que pasa < La muerte de Cristo, vida del cristiano


San Josemaría Escrivá

La muerte de Cristo, vida del cristiano






Esta semana, que tradicionalmente el pueblo cristiano llama santa, nos ofrece, una vez más, la ocasión de considerar —de revivir— los momentos en los que se consuma la vida de Jesús. Todo lo que a lo largo de estos días nos traen a la memoria las diversas manifestaciones de la piedad, se encamina ciertamente hacia la Resurrección, que es el fundamento de nuestra fe, como escribe San Pablo. No recorramos, sin embargo, demasiado de prisa ese camino; no dejemos caer en el olvido algo muy sencillo, que quizá, a veces, se nos escapa: no podremos participar de la Resurrección del Señor, si no nos unimos a su Pasión y a su Muerte. Para acompañar a Cristo en su gloria, al final de la Semana Santa, es necesario que penetremos antes en su holocausto, y que nos sintamos una sola cosa con El, muerto sobre el Calvario.La entrega generosa de Cristo se enfrenta con el pecado, esa realidad dura de aceptar, pero innegable: el mysterium iniquitatis, la inexplicable maldad de la criatura que se alza, por soberbia, contra Dios. La historia es tan antigua como la Humanidad. Recordemos la caída de nuestros primeros padres; luego, toda esa cadena de depravaciones que jalonan el andar de los hombres, y finalmente, nuestras personales rebeldías. No es fácil considerar la perversión que el pecado supone, y comprender todo lo que nos dice la fe. Debemos hacernos cargo, aun en lo humano, de que la magnitud de la ofensa se mide por la condición del ofendido, por su valor personal, por su dignidad social, por sus cualidades. Y el hombre ofende a Dios: la criatura reniega de su Creador.Pero Dios es Amor. El abismo de malicia, que el pecado lleva consigo, ha sido salvado por una Caridad infinita. Dios no abandona a los hombres. Los designios divinos prevén que, para reparar nuestras faltas, para restablecer la unidad perdida, no bastaban los sacrificios de la Antigua Ley: se hacía necesaria la entrega de un Hombre que fuera Dios. Podemos imaginar —para acercarnos de algún modo a este misterio insondable— que la Trinidad Beatísima se reúne en consejo, en su continua relación íntima de amor inmenso y, como resultado de esa decisión eterna, el Hijo Unigénito de Dios Padre asume nuestra condición humana, carga sobre sí nuestras miserias y nuestros dolores, para acabar cosido con clavos a un madero.Este fuego, este deseo de cumplir el decreto salvador de Dios Padre, llena toda la vida de Cristo, desde su mismo nacimiento en Belén. A lo largo de los tres años que con El convivieron los discípulos, le oyen repetir incansablemente que su alimento es hacer la voluntad de Aquel que le envía. Hasta que, a media tarde del primer Viernes Santo, se concluyó su inmolación. Inclinando la cabeza, entregó su espíritu. Con estas palabras nos describe el apóstol San Juan la muerte de Cristo: Jesús, bajo el peso de la Cruz con todas las culpas de los hombres, muere por la fuerza y por la vileza de nuestros pecados.Meditemos en el Señor herido de pies a cabeza por amor nuestro. Con frase que se acerca a la realidad, aunque no acaba de decirlo todo, podemos repetir con un autor de hace siglos: El cuerpo de Jesús es un retablo de dolores. A la vista de Cristo hecho un guiñapo, convertido en un cuerpo inerte bajado de la Cruz y confiado a su Madre; a la vista de ese Jesús destrozado, se podría concluir que esa escena es la muestra más clara de una derrota. ¿Dónde están las masas que lo seguían, y el Reino cuyo advenimiento anunciaba? Sin embargo, no es derrota, es victoria: ahora se encuentra más cerca que nunca del momento de la Resurrección, de la manifestación de la gloria que ha conquistado con su obediencia.





La muerte de Cristo nos llama a una plena vida cristiana 









Acabamos de revivir el drama del Calvario, lo que me atrevería a llamar la Misa primera y primordial, celebrada por Jesucristo. Dios Padre entrega a su Hijo a la muerte. Jesús, el Hijo Unigénito, se abraza al madero, en el que le habían de ajusticiar, y su sacrificio es aceptado por el Padre: como fruto de la Cruz, se derrama sobre la Humanidad el Espíritu Santo. 








En la tragedia de la Pasión se consuma nuestra propia vida y la entera historia humana. La Semana Santa no puede reducirse a un mero recuerdo, ya que es la consideración del misterio de Jesucristo, que se prolonga en nuestras almas; el cristiano está obligado a ser alter Christus, ipse Christus, otro Cristo, el mismo Cristo. Todos, por el Bautismo, hemos sido constituidos sacerdotes de nuestra propia existencia, para ofrecer víctimas espirituales, que sean agradables a Dios por Jesucristo, para realizar cada una de nuestras acciones en espíritu de obediencia a la voluntad de Dios, perpetuando así la misión del Dios-Hombre. 








Por contraste, esa realidad nos lleva a detenernos en nuestras desdichas, en nuestros errores personales. No debe desanimarnos esta consideración, ni colocarnos en la actitud escéptica de quien ha renunciado a las ilusiones grandes. Porque el Señor nos reclama tal como somos, para que participemos de su vida, para que luchemos por ser santos. La santidad: ¡cuántas veces pronunciamos esa palabra como si fuera un sonido vacío! Para muchos es incluso un ideal inasequible, un tópico de la ascética, pero no un fin concreto, una realidad viva. No pensaban de este modo los primeros cristianos, que usaban el nombre de santos para llamarse entre sí, con toda naturalidad y con gran frecuencia: os saludan todos los santos, salud a todo santo en Cristo Jesús. 





Ahora, situados ante ese momento del Calvario, cuando Jesús ya ha muerto y no se ha manifestado todavía la gloria de su triunfo, es una buena ocasión para examinar nuestros deseos de vida cristiana, de santidad; para reaccionar con un acto de fe ante nuestras debilidades, y confiando en el poder de Dios, hacer el propósito de poner amor en las cosas de nuestra jornada. La experiencia del pecado debe conducirnos al dolor, a una decisión más madura y más honda de ser fieles, de identificarnos de veras con Cristo, de perseverar, cueste lo que cueste, en esa misión sacerdotal que El ha encomendado a todos sus discípulos sin excepción, que nos empuja a ser sal y luz del mundo. 





Pensar en la muerte de Cristo se traduce en una invitación a situarnos con absoluta sinceridad ante nuestro quehacer ordinario, a tomar en serio la fe que profesamos. La Semana Santa, por tanto, no puede ser un paréntesis sagrado en el contexto de un vivir movido sólo por intereses humanos: ha de ser una ocasión de ahondar en la hondura del Amor de Dios, para poder así, con la palabra y con las obras, mostrarlo a los hombres. 




Pero el Señor determina condiciones. Hay una declaración suya, que nos conserva San Lucas, de la que no se puede prescindir: Si alguno de los que me siguen no aborrece a su padre y madre, y a la mujer y a los hijos, y a los hermanos y hermanas, y aun a su vida misma, no puede ser mi discípulo. Son términos duros. Ciertamente, ni el odiar ni el aborrecer castellanos expresan bien el pensamiento original de Jesús. De todas maneras, fuertes fueron las palabras del Señor, ya que tampoco se reducen a un amar menos, como a veces se interpreta templadamente, para suavizar la frase. Es tremenda esa expresión tan tajante no porque implique una actitud negativa o despiadada, ya que el Jesús que habla ahora es el mismo que ordena amar a los demás como a la propia alma, y que entrega su vida por los hombres: esta locución indica, sencillamente, que ante Dios no caben medias tintas. Se podrían traducir las palabras de Cristo por amar más, amar mejor, más bien, por no amar con un amor egoísta ni tampoco con un amor a corto alcance: debemos amar con el Amor de Dios. 


De esto se trata. Fijémonos en la última de las exigencias de Jesús: et animam suam. La vida, el alma misma, es lo que pide el Señor. Si somos fatuos, si nos preocupamos sólo de nuestra personal comodidad, si centramos la existencia de los demás y aun la del mundo en nosotros mismos, no tenemos derecho a llamarnos cristianos, a considerarnos discípulos de Cristo. Hace falta la entrega con obras y con verdad, no sólo con la boca. El amor a Dios nos invita a llevar a pulso la cruz, a sentir también sobre nosotros el peso de la humanidad entera, y a cumplir, en las circunstancias propias del estado y del trabajo de cada uno, los designios, claros y amorosos a la vez, de la voluntad del Padre. En el pasaje que comentamos, Jesús continúa: Y el que no carga con su cruz y me sigue, tampoco puede ser mi discípulo. 


Aceptemos sin miedo la voluntad de Dios, formulemos sin vacilaciones el propósito de edificar toda nuestra vida de acuerdo con lo que nos enseña y exige nuestra fe. Estemos seguros de que encontraremos lucha, sufrimiento y dolor, pero, si poseemos de verdad la fe, no nos consideraremos nunca desgraciados: también con penas e incluso con calumnias, seremos felices con una felicidad que nos impulsará a amar a los demás, para hacerles participar de nuestra alegría sobrenatural.








http://www.escrivaobras.org/book/es_cristo_que_pasa-capitulo-10.htm



FILMOGRAFÍA





Título original

The Passion of the Christ
Año
2004
Duración
126 min.
País
Estados Unidos Estados Unidos
Director
Mel Gibson
Guión
Mel Gibson & Benedict Fitzgerald
Música
John Debney
Fotografía
Caleb Deschanel
Reparto
James Caviezel (AKA Jim Caviezel), Monica Bellucci, Maïa Morgenstern, Francesco Cabras, Rosalinda Celentano, Claudia Gerini, Sergio Rubini, Hristo Jivkov
Productora
Newmarket Film Group / Icon Productions
Género
Drama | Religión. Biblia. Gore
Sinopsis
Año 30 de nuestra era. En la provincia romana de Judea, un misterioso carpintero llamado Jesús de Nazareth comienza a anunciar la llegada del "reino de Dios" y se rodea de un grupo de humildes pescadores: los Apóstoles. Durante siglos, el pueblo judío había esperado la llegada del Mesías - personaje providencial que liberaría su sagrada patria e instauraría un nuevo orden basado en la justicia-. Las enseñanzas de Jesús atraen a una gran multitud de seguidores que lo reconocen como el Mesías. Alarmado por la situación, el Sanedrín, con la ayuda de Judas Iscariote, uno de los doce Apóstoles, arresta a Jesús. Acusado de traición a Roma, Cristo es entregado a Poncio Pilato, quien, para evitar un motín, lo condena a a morir en la cruz como un vulgar criminal. (FILMAFFINITY)
Premios
2004: 3 nominaciones al Oscar: Mejor fotografía, maquillaje, bso
2004: National Board of Review: Premio a la libertad de expresión
2004: Nominada a Critics' Choice Awards: Mejor película popular

LA PASIÓN DE CRISTO






ORACIONES


VÍA CRUCIS
SENCILLO Y BREVE




Por la señal... Señor mío, Jesucristo... Rezar a continuación las 14 estaciones.
[Estación del via crucis]I. ESTACIÓN. Jesús condenado a muerte.¡Jesús mío, condenado en vez de mi: misericordia!. Padrenuestro, Avemaría.[Estación del via crucis]II. ESTACIÓN. Jesús cargado con la Cruz. ¡Jesús mío, cargado con mis pecados para descargarme de ellos: misericordia!. Padrenuestro, Avemaría.[Estación del via crucis]III. ESTACIÓN. Primera caída del Señor.¡Jesús mío, sucumbiendo bajo el peso de mis pecados para expiarlos: misericordia!. Padrenuestro, Avemaría.
[Estación del via crucis]IV ESTACIÓN. Jesús encuentra a su Santísima Madre. ¡Jesús mío, encontrando a vuestra angustiada Madre: misericordia!. Padrenuestro, Avemaría.

[Imitando a Jesucristo. Estampa francesa de finales del XIX]



Grabado de una estampa religiosa francesa de finales del siglo XIX en la que se representa los tres grados de la imitación perfecta con Jesucristo a que debe aspirar el cristiano:

1º aceptar la cruz con resignación;
2º llevarla con sumisión;
3º abrazarla con fe y amor.
[Estación del via crucis]V. ESTACIÓN. El Cirineo ayuda a Jesús.¡Jesús mío, invitándome a participar de vuestra Cruz: misericordia!. Padrenuestro, Avemaría.
[Estación del via crucis]VI. ESTACIÓN. La Verónica enjuga el rostro del Señor. ¡Jesús mío, con el rostro manchado de inmundas salivas para expiar mi orgullo: misericordia!.Padrenuestro, Avemaría.
[Estación del via crucis]VIII. ESTACIÓN. Jesús habla a las mujeres. ¡Jesús mío, consolando a las mujeres de Israel, que, llorando, os seguían: misericordia!. Padrenuestro, Avemaría.
[Estación del via crucis]VII. ESTACIÓN. Jesús cae por segunda vez.¡Jesús mío, sucumbiendo otra vez para enseñarme a levantar después de las caídas: misericordia!. Padrenuestro, Avemaría.
[Estación del via crucis]IX. ESTACIÓN. El Señor cae por tercera vez.¡Jesús mío, sucumbiendo de nuevo al pensar en mis ingratitudes: misericordia!.Padrenuestro, Avemaría.
[Estación del via crucis]X. ESTACIÓN. Desnudan al Señor. ¡Jesús mío, despojado de vuestras vestiduras para expiar mis sensualidades: misericordia!. Padrenuestro, Avemaría.[Estación del via crucis]XI. ESTACIÓN. Jesús clavado en la Cruz.¡Jesús mío, clavado en la Cruz para expiar mis malas acciones: misericordia!. Padrenuestro, Avemaría.
[Estación del via crucis]XII. ESTACIÓN. Muere Jesús en la Cruz. ¡Jesús mío muerto en la Cruz para abrirme el Paraíso: misericordia!.Padrenuestro, Avemaría[Estación del via crucis]XIII ESTACIÓN. - Colocan a Jesús en los brazos de su Madre. ¡Jesús mío, depuesto en los brazos de vuestra afligida Madre: misericordia!. Padrenuestro, Avemaría.[Estación del via crucis]XIV. ESTACIÓN. El Señor es sepultado. ¡Jesús mío, encerrado entonces en el sepulcro y ahora en el Tabernáculo: misericordia!.Padrenuestro, Avemaría.
ORACIÓN FINAL. Dígnate, Señor, mirar por esta tu familia, por la cual nuestro Señor Jesucristo no vaciló ser entregado en manos de los malvados y sufrir el suplicio de la Cruz. Por nuestro Señor Jesucristo, que contigo vive y reina, Dios, por todos los siglos de los siglos. Amén.
Terminar rezando un Padrenuestro, Avemaría y Gloria por las intenciones del Sumo Pontífice.


miércoles, 12 de abril de 2017

13 DE ABRIL, JUEVES SANTO

Jueves Santo
Jueves en que Cristo instituyó el sacramento de la Eucaristía, también conocido como la Última Cena.

Por: Teresa Vallés | Fuente: Catholic.net


Significado de la celebración

El Jueves Santo se celebra:
  •  La Última Cena.
  •  El Lavatorio de los pies,
  •  La institución de la Eucaristía y del Sacerdocio
  • La oración de Jesús en el Huerto de Getsemaní.
En la mañana de este día, en todas las catedrales de cada diócesis, el obispo reúne a los sacerdotes en torno al altar y, en una Misa solemne, se consagran los Santos Óleos que se usan en los Sacramentos del Bautismo, Confirmación, Orden Sacerdotal y Unción de los Enfermos.

En la Misa vespertina, antes del ofertorio, el sacerdote celebrante toma una toalla y una bandeja con agua y lava los pies de doce varones, recordando el mismo gesto de Jesús con sus apóstoles en la Última Cena.

a)Lecturas bíblicas:

Libro del Éxodo 12, 1-8. 11-14; Primera carta del apóstol San Pablo a los corintios 11, 23-26; Evangelio según San Juan 13, 1-15.

b)La Eucaristía

Este es el día en que se instituyó la Eucaristía, el sacramento del Cuerpo y la Sangre de Cristo bajo las especies de pan y vino. Cristo tuvo la Última Cena con sus apóstoles y por el gran amor que nos tiene, se quedó con nosotros en la Eucaristía, para guiarnos en el camino de la salvación.
Todos estamos invitados a celebrar la cena instituida por Jesús. Esta noche santa, Cristo nos deja su Cuerpo y su Sangre. Revivamos este gran don y comprometámonos a servir a nuestros hermanos.

c)El lavatorio de los pies
Jesús en este pasaje del Evangelio nos enseña a servir con humildad y de corazón a los demás. Este es el mejor camino para seguir a Jesús y para demostrarle nuestra fe en Él. Recordar que esta no es la única vez que Jesús nos habla acerca del servicio. Debemos procurar esta virtud para nuestra vida de todos los días. Vivir como servidores unos de otros.

d)La noche en el huerto de los Olivos

Lectura del Evangelio según San Marcos14, 32-42.: 

Reflexionemos con Jesús en lo que sentía en estos momentos: su miedo, la angustia ante la muerte, la tristeza por ser traicionado, su soledad, su compromiso por cumplir la voluntad de Dios, su obediencia a Dios Padre y su confianza en Él. Las virtudes que nos enseña Jesús este día, entre otras, son la obediencia, la generosidad y la humildad.

Los monumentos y la visita de las siete iglesias 

Se acostumbra, después de la Misa vespertina, hacer un monumento para resaltar la Eucaristía y exponerla de una manera solemne para la adoración de los fieles.
La Iglesia pide dedicar un momento de adoración y de agradecimiento a Jesús, un acompañar a Jesús en la oración del huerto. Es por esta razón que las Iglesias preparan sus monumentos. Este es un día solemne.

En la visita de las siete iglesias o siete templos, se acostumbra llevar a cabo una breve oración en la que se dan gracias al Señor por todo su amor al quedarse con nosotros. Esto se hace en siete templos diferentes y simboliza el ir y venir de Jesús en la noche de la traición. Es a lo que refieren cuando dicen “traerte de Herodes a Pilatos”.

Meditación para el Jueves Santo


La Pascua judía era y sigue siendo una fiesta familiar. No se celebraba en el templo, sino  en la casa. Ya en el Éxodo, en el relato de la noche oscura en que tiene lugar el paso del  ángel del Señor, aparece la casa como lugar de salvación, como refugio. Por otra parte, la  noche de Egipto es imagen de las fuerzas de la muerte, de la destrucción y del caos, que  surgen siempre de las profundidades del mundo y del hombre y amenazan con destruir la  creación «buena» y con transformar el mundo en desierto, en lugar inhabitable. En esta  situación, la casa y la familia ofrecen protección y abrigo; en otras palabras: el mundo ha de  ser continuamente defendido contra el caos; la creación ha de ser siempre amparada y  reconstruida.

En el calendario de los nómadas, de los cuales heredó Israel la fiesta pascual, la Pascua  era el primer día del año, el día en que Israel había de ser nuevamente defendido contra la  amenaza de la nada. La casa y la familia son como el valle en que la vida se halla protegida,  el lugar de la seguridad y de la paz; la paz del habitar juntos, que permite vivir y guarda la  creación. También en tiempos de Jesús se celebraba la Pascua en las casas, en las familias,  luego de la inmolación de los corderos en el templo. Estaba prohibido abandonar la ciudad  de Jerusalén en la noche de Pascua. Toda la ciudad se consideraba lugar de salvación  contra la noche del caos, y sus muros eran como diques que defendieran la creación.

Todos los años, por Pascua, Israel debía acudir en peregrinación a la ciudad santa, para  volver a sus orígenes, para ser creado de nuevo, para recibir otra vez su salvación, su  liberación y fundamento. Hay aquí una profunda sabiduría. A lo largo de un año, un pueblo  se halla siempre en peligro de disgregarse, no sólo exteriormente, sino también desde  dentro, y de perder así las bases interiores que lo sustentan y rigen. Tiene necesidad de  volver a sus antiguos fundamentos. La Pascua representaba este retorno anual de Israel,  desde los peligros de aquel caos que amenaza a todo pueblo a aquello que antaño lo había  fundado y que continuaba edificándolo en todo momento, a su ininterrumpida defensa y a la  nueva creación de sus orígenes. Y puesto que Israel sabía que sobre él brillaba la estrella  de la elección, era también consciente de que su buena o malaventura traería  consecuencias para el mundo entero, que en su existencia o en su fracaso se jugaba el  destino de la tierra y de la creación.

También Jesús celebró la Pascua conformándose al espíritu de esta prescripción: en  casa, con su familia, con los apóstoles, que se habían convertido en su nueva familia.  Obrando de este modo, obedecía también a un precepto entonces vigente, según el cual los  judíos que acudían a Jerusalén podían establecer asociaciones de peregrinos, llamadas  chaburot, que por aquella noche constituían la casa y la familia de la Pascua. Y es así  como la Pascua ha venido a ser también una fiesta de los cristianos. Nosotros somos la  chaburah de Jesús, su familia, la que el fundó con sus compañeros de peregrinación, con  los amigos que con él recorren el camino del Evangelio a través de la tierra y de la historia. 

Como compañeros suyos de peregrinación, nosotros somos su casa, y de esta suerte la  Iglesia es la nueva familia y la nueva ciudad que es para nosotros lo que fue Jerusalén, casa  viviente que aleja las fuerzas del mal y lugar de paz que protege a la creación y a nosotros  mismos. La Iglesia es la nueva ciudad en cuanto familia de Jesús; es la Jerusalén viviente,  cuya fe es barrera y muralla contra las fuerzas amenazantes del caos, que se confabulan  para destruir el mundo. Sus murallas se hacen fuertes en virtud del signo de la sangre de  Cristo, es decir, en virtud del amor que llega hasta el fin y que no conoce límites. Este amor  es la potencia que lucha contra el caos; es la fuerza creadora que funda continuamente al  mundo, los pueblos y las familias, y de este modo nos ofrece el shalom, el lugar de la paz,  en el que podemos vivir el uno con el otro, el uno para el otro, el uno proyectado hacia el  otro.

Pienso que, sobre todo en  nuestro tiempo, existen sobradas razones para reflexionar de nuevo sobre tales analogías y  referencias, y para dejar que ellas nos hablen. Porque no podemos menos de ver la fuerza  del caos; no podemos menos de ver cómo surgen, precisamente en el seno de una  sociedad desarrollada que parece saberlo y poderlo todo, las fuerzas primordiales del caos  que se oponen a lo que esa sociedad define como progreso. Vemos cómo un pueblo que ha  llegado a la cúspide del bienestar, de la capacidad técnica y del dominio científico del  mundo, puede ser destruido desde dentro, y cómo la creación es amenazada por las  oscuras potencias que anidan en el corazón del hombre y cuya sombra se cierne sobre el  mundo.

Sabemos por experiencia que la técnica y el dinero no pueden por sí solos alejar la  capacidad destructiva del caos. Únicamente pueden hacerlo las murallas auténticas que el  Señor nos ha construido y la nueva familia que nos ha dado. Y yo pienso que, por este  motivo, la fiesta pascual, que nosotros hemos recibido de los nómadas a través de Israel y  de Cristo, tiene también una importancia política eminente en el más profundo de los  sentidos. Nuestros pueblos de Europa tienen necesidad de volver a sus fundamentos  espirituales si no quieren perecer, víctimas de la autodestrucción.

Esta fiesta debería volver a ser hoy una fiesta de la familia, que es el auténtico  dique puesto para defensa de la nación y de la humanidad. Quiera Dios que alcancemos a  comprender de nuevo esta admonición, de suerte que renovemos la celebración de la  familia como casa viviente, donde la humanidad crece y se vence al caos y la nada. Pero  debemos añadir que la familia, este lugar de la humanidad, este abrigo de la criatura,  únicamente puede subsistir cuando ella misma se halla puesta bajo el signo del Cordero,  cuando es protegida por la fuerza de la fe y congregada por el amor de Jesucristo. La familia  aislada no puede sobrevivir; se disuelve sin remedio si no se inserta en la gran familia, que  le da estabilidad y firmeza. Por esta razón, ésta ha de ser la noche en la que rehacemos el  camino que conduce a la nueva ciudad, a la nueva familia, a la Iglesia; la noche en que de  nuevo nos adherimos a ella con el más firme de los vínculos, como a la patria del corazón.  En esta noche deberíamos aprender de esta familia de Jesucristo a conocer mejor a la  familia humana y a la humanidad que ha de guiarnos y protegernos.

Se nos ofrece otra reflexión. Israel heredó esta fiesta del culto y de la cultura de los  nómadas. Celebraban éstos la fiesta de la primavera el día en que iniciaban una nueva  migración con sus rebaños. Lo primero que se hacía era trazar con sangre de cordero un  círculo en torno a las tiendas. Con este gesto trataban de defenderse seguramente contra  las fuerzas de la muerte, a las que deberían enfrentarse en no pocas ocasiones en el  mundo desconocido del desierto. La ceremonia se llevaba a cabo con las vestimentas del peregrino en el momento de la partida, con la comida de los nómadas, el cordero, las  hierbas amargas, que sustituían a la sal, y con el pan sin levadura. Israel ha heredado de sus tiempos de nomadismo estos elementos fundamentales en la celebración tradicional de la fiesta, y la Pascua le ha recordado siempre el tiempo en que era un pueblo sin hogar, un pueblo en camino y sin patria. Esta fiesta le ha traído siempre a la memoria que, aun cuando  tenemos casa, seguimos siendo nómadas; como hombres que somos, nunca nos hallamos  definitivamente en casa, estamos siempre con el pie en el estribo. Y pues vamos de camino  y nada nos pertenece, todo cuanto poseemos es de todos y nosotros mismos somos el uno  para el otro. La Iglesia primitiva tradujo la palabra Pascha como «paso», y expresó de este  modo el camino de Jesucristo a través de la muerte hasta la nueva vida de la Resurrección. 

CR/PEREGRINO: Por este motivo, la Pascua ha sido siempre, y sigue siendo hoy para  nosotros, fiesta de la peregrinación; también a nosotros nos dice: somos únicamente  huéspedes en la tierra; todos somos huéspedes de Dios. Por eso nos exhorta a sentirnos  hermanos de aquellos que son huéspedes, pues nosotros mismos no somos otra cosa que  huéspedes. Somos tan sólo huéspedes en la tierra; el Señor, que se hizo él mismo huésped  y nómada, nos pide que nos abramos a todos aquellos que en este mundo han perdido la  patria; espera de nosotros que nos pongamos a disposición de los que sufren, de los  olvidados, de los encarcelados, de los perseguidos. El está presente en todos ellos. En la  ley de Israel, cuando se dan normas para el tiempo en que el pueblo se establezca  definitivamente en la tierra prometida, se insiste en prescribir que los peregrinos sean  tratados igual que todos; y al hacerlo, se acude siempre a las palabras: «¡Recuerda que tú  mismo fuiste nómada y peregrino!» Somos nómadas y peregrinos. Este es el punto de vista  desde el que debemos entender la tierra, nuestra vida misma, el ser el uno para el otro. 

Estamos tan sólo de paso en la tierra, y esto nos hace recordar nuestra más secreta y  profunda condición de peregrinos; nos hace recordar que la tierra no es nuestra meta  definitiva, que estamos en camino hacia el mundo nuevo, y que las cosas de la tierra no  constituyen la realidad última y definitiva. Apenas nos atrevemos a decirlo, porque se nos  echa en cara que los cristianos no se han preocupado nunca de las cosas terrenas, que no  se han entregado en serio a edificar la ciudad nueva de este mundo, siempre con el pretexto  de que tenían en el otro su morada. Nada de esto es verdad. Quien se zambulle en el  mundo, aquel que ve en la tierra el único cielo, hace de la tierra un infierno, porque la fuerza  a ser lo que no puede ser, porque quiere poseer en ella la realidad definitiva, y de esta  suerte exige algo que le enfrenta consigo mismo, con la verdad y con los demás. 

No; nos hacemos libres, libres de la codicia de poseer, justamente cuando  tomamos conciencia de nuestro ser nómadas; es entonces cuando nos hacemos libres los  unos para los otros, y es entonces también cuando se nos confía la responsabilidad de  transformar la tierra, hasta que podamos un día depositarla en las manos de Dios. Por esta  razón, esta noche del tránsito, que nos recuerda el último y definitivo trayecto del Señor, ha  de ser para nosotros exhortación constante a recordar nuestro último viaje y a no echar en  olvido que un día debemos abandonar todo cuanto poseemos, y que, al final de la vida, lo  que de veras cuenta no es lo que tenemos, sino únicamente lo que somos; que, a lo último,  deberemos responder sobre cómo -fundados en la fe- hemos sido personas en este mundo,  personas que se han dado recíprocamente la paz, la patria, la familia y la nueva ciudad. 

La Pascua se celebraba en casa. Así lo hizo también Jesús. Pero después de la comida, él  se levantó y salió fuera, rebasó los límites establecidos por la ley, porque pasó al otro lado  del torrente Cedrón, que señalaba los confines de Jerusalén. No tuvo miedo del caos, no  quiso esquivarlo, se adentró en él hasta lo más profundo, hasta las fauces mismas de la  muerte. Jesús salió, y esto significa que, pues las murallas de la Iglesia son la fe y el amor  de Jesucristo, la Iglesia no es plaza fortificada, sino ciudad abierta; y, en consecuencia,  creer significa salir también con Jesucristo, no temer el caos, porque Jesús es el más fuerte,  porque él penetró en ese caos, y nosotros, al afrontarlo, le seguimos a «él». Creer significa  salir fuera de los muros y, en medio de este mundo caótico crear espacios de fe y de amor,  fundados en la fuerza de Jesucristo. El Señor salió fuera: éste es el signo de su fuerza. Bajó  a la noche de Getsemaní, a la noche de la cruz, a la noche del sepulcro. Y pudo bajar  porque, frente al poder de la muerte, él es el más fuerte; porque su amor lleva en sí el amor  de Dios, que es más poderoso que las fuerzas de la destrucción. Su victoria, por tanto, se  hace real justamente en este salir, en el camino de la Pasión, de suerte que, en el misterio  de Getsemaní, se halla ya presente el misterio del gozo pascual. El es el  más fuerte; no hay potencia que pueda resistírsele ni lugar que él no llene con su presencia.  Nos invita a todos a emprender el camino con él, pues donde hay fe y amor, allí está él, allí  la fuerza de la paz, que vence la nada y la muerte.

Al finalizar la liturgia del Jueves Santo, la Iglesia imita el camino de Jesús trasladando al  Santísimo desde el tabernáculo a una capilla lateral, que representa la soledad de  Getsemaní, la soledad de la mortal angustia de Jesús. En esta capilla rezan los fieles;  quieren acompañar a Jesús en la hora de su soledad. Este camino del Jueves Santo no ha  de quedar en mero gesto y signo litúrgico. Ha de comprometernos a vivir desde dentro su  soledad, a buscarle siempre, a él, que es el olvidado, el escarnecido, y a permanecer a su  lado allí donde los hombres se niegan a reconocerle. Este camino litúrgico nos exhorta a  buscar la soledad de la oración. Y nos invita también a buscarle entre aquellos que están  solos, de los cuales nadie se preocupa, y renovar con él, en medio de las tinieblas, la luz de  la vida, que «él» mismo es. Porque es su camino el que ha hecho posible que en este  mundo se levante el nuevo día, la vida de la Resurrección, que ya no conoce la noche. En la  fe cristiana alcanzamos esta promesa.

Pidamos a Jesús en esta Cuaresma que haga resplandecer su luz por encima de todas las  oscuridades de este mundo; que nos haga entender, también a nosotros, que él permanece  siempre a nuestro lado en la hora de la soledad y el vacío, en la noche de este mundo, y  que así edifica, por nuestro medio, la nueva ciudad de este mundo, el lugar de su paz, de la  nueva creación.

JOSEPH RATZINGER
EL CAMINO PASCUAL 
BAC POPULAR MADRID-1990.Págs. 107-113


BIBLIOGRAFÍA


Es Cristo que pasa > La Eucaristía, misterio de fe y de amor > Cap 9

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La víspera de la fiesta solemne de la Pascua, sabiendo Jesús que era llegada la hora de su tránsito de este mundo al Padre, como hubiera amado a los suyos que vivían en el mundo, los amó hasta el fin. Este versículo de San Juan anuncia, al lector de su Evangelio, que algo grande ocurrirá en ese día. Es un preámbulo tiernamente afectuoso, paralelo al que recoge en su relato San Lucas: ardientemente, afirma el Señor, he deseado comer este cordero, celebrar esta Pascua con vosotros, antes de mi Pasión. Comencemos por pedir desde ahora al Espíritu Santo que nos prepare, para entender cada expresión y cada gesto de Jesucristo: porque queremos vivir vida sobrenatural, porque el Señor nos ha manifestado su voluntad de dársenos como alimento del alma, y porque reconocemos que sólo El tiene palabras de vida eterna.

La fe nos hace confesar con Simón Pedro: nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios. Y es esa fe, fundida con nuestra devoción, la que en esos momentos trascendentales nos lleva a imitar la audacia de Juan: acercarnos a Jesús y recostar la cabeza en el pecho del Maestro, que amaba ardientemente a los suyos y —acabamos de escucharlo— los iba a amar hasta el fin.

Todos los modos de decir resultan pobres, si pretenden explicar, aunque sea de lejos, el misterio del Jueves Santo. Pero no es difícil imaginar en parte los sentimientos del Corazón de Jesucristo en aquella tarde, la última que pasaba con los suyos, antes del sacrificio del Calvario.

Considerad la experiencia, tan humana, de la despedida de dos personas que se quieren. Desearían estar siempre juntas, pero el deber —el que sea— les obliga a alejarse. Su afán sería continuar sin separarse, y no pueden. El amor del hombre, que por grande que sea es limitado, recurre a un símbolo: los que se despiden se cambian un recuerdo, quizá una fotografía, con una dedicatoria tan encendida, que sorprende que no arda la cartulina. No logran hacer más porque el poder de las criaturas no llega tan lejos como su querer.

Lo que nosotros no podemos, lo puede el Señor. Jesucristo, perfecto Dios y perfecto Hombre, no deja un símbolo, sino la realidad: se queda El mismo. Irá al Padre, pero permanecerá con los hombres. No nos legará un simple regalo que nos haga evocar su memoria, una imagen que tienda a desdibujarse con el tiempo, como la fotografía que pronto aparece desvaída, amarillenta y sin sentido para los que no fueron protagonistas de aquel amoroso momento. Bajo las especies del pan y del vino está El, realmente presente: con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad.


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La alegría del Jueves Santo

¡Qué bien se explica ahora el clamor incesante de los cristianos, en todos los tiempos, ante la Hostia santa! Canta, lengua, el misterio del Cuerpo glorioso y de la Sangre preciosa, que el Rey de todas las gentes, nacido de una Madre fecunda, derramó para rescatar el mundo. Es preciso adorar devotamente a este Dios escondido: es el mismo Jesucristo que nació de María Virgen; el mismo que padeció, que fue inmolado en la Cruz; el mismo de cuyo costado traspasado manó agua y sangre.

Este es el sagrado convite, en el que se recibe al mismo Cristo; se renueva la memoria de la Pasión y, con El, el alma trata íntimamente a su Dios y posee una prenda de la gloria futura. La liturgia de la Iglesia ha resumido, en breves estrofas, los capítulos culminantes de la historia de ardiente caridad, que el Señor nos dispensa.

El Dios de nuestra fe no es un ser lejano, que contempla indiferente la suerte de los hombres: sus afanes, sus luchas, sus angustias. Es un Padre que ama a sus hijos hasta el extremo de enviar al Verbo, Segunda Persona de la Trinidad Santísima, para que, encarnándose, muera por nosotros y nos redima. El mismo Padre amoroso que ahora nos atrae suavemente hacia El, mediante la acción del Espíritu Santo que habita en nuestros corazones.

La alegría del Jueves Santo arranca de ahí: de comprender que el Creador se ha desbordado en cariño por sus criaturas. Nuestro Señor Jesucristo, como si aún no fueran suficientes todas las otras pruebas de su misericordia, instituye la Eucaristía para que podamos tenerle siempre cerca y —en lo que nos es posible entender— porque, movido por su Amor, quien no necesita nada, no quiere prescindir de nosotros. La Trinidad se ha enamorado del hombre, elevado al orden de la gracia y hecho a su imagen y semejanza; lo ha redimido del pecado —del pecado de Adán que sobre toda su descendencia recayó, y de los pecados personales de cada uno— y desea vivamente morar en el alma nuestra: el que me ama observará mi doctrina y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos mansión dentro de él.


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La Eucaristía y el misterio de la Trinidad

Esta corriente trinitaria de amor por los hombres se perpetúa de manera sublime en la Eucaristía. Hace muchos años, aprendimos todos en el catecismo que la Sagrada Eucaristía puede ser considerada como Sacrificio y como Sacramento; y que el Sacramento se nos muestra como Comunión y como un tesoro en el altar: en el Sagrario. La Iglesia dedica otra fiesta al misterio eucarístico, al Cuerpo de Cristo —Corpus Christi— presente en todos los tabernáculos del mundo. Hoy, en el Jueves Santo, vamos a fijarnos en la Sagrada Eucaristía, Sacrificio y alimento, en la Santa Misa y en la Sagrada Comunión.

Hablaba de corriente trinitaria de amor por los hombres. Y ¿dónde advertirla mejor que en la Misa? La Trinidad entera actúa en el santo sacrificio del altar. Por eso me gusta tanto repetir en la colecta, en la secreta y en la postcomunión aquellas palabras finales: Por Jesucristo, Señor Nuestro, Hijo tuyo —nos dirigimos al Padre—, que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos. Amén.

En la Misa, la plegaria al Padre se hace constante. El sacerdote es un representante del Sacerdote eterno, Jesucristo, que al mismo tiempo es la Víctima. Y la acción del Espíritu Santo en la Misa no es menos inefable ni menos cierta. Por la virtud del Espíritu Santo, escribe San Juan Damasceno, se efectúa la conversión del pan en el Cuerpo de Cristo.

Esta acción del Espíritu Santo queda expresada claramente cuando el sacerdote invoca la bendición divina sobre la ofrenda: Ven, santificador omnipotente, eterno Dios, y bendice este sacrificio preparado a tu santo nombre, el holocausto que dará al Nombre santísimo de Dios la gloria que le es debida. La santificación, que imploramos, es atribuida al Paráclito, que el Padre y el Hijo nos envían. Reconocemos también esa presencia activa del Espíritu Santo en el sacrificio cuando decimos, poco antes de la comunión: Señor, Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que por voluntad del Padre, cooperando el Espíritu Santo, vivificaste el mundo con tu muerte....


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Toda la Trinidad está presente en el sacrificio del Altar. Por voluntad del Padre, cooperando el Espíritu Santo, el Hijo se ofrece en oblación redentora. Aprendamos a tratar a la Trinidad Beatísima, Dios Uno y Trino: tres Personas divinas en la unidad de su substancia, de su amor, de su acción eficazmente santificadora.

Inmediatamente después del lavabo, el sacerdote invoca: Recibe, Santa Trinidad, esta oblación que te ofrecemos en memoria de la Pasión, de la Resurrección y de la Ascensión de Jesucristo, Señor Nuestro. Y, al final de la Misa, hay otra oración de encendido acatamiento al Dios Uno y Trino: Placeat tibi, Sancta Trinitas, obsequium servitutis meæ... que te sea agradable, oh Trinidad Santísima, el tributo de mi servidumbre; dispón que el sacrificio que yo, aunque indigno, he ofrecido a la Majestad tuya, merezca aceptación; y te pido que, por tu misericordia, sea éste un sacrificio de perdón para mí y para todos por los que lo he ofrecido.

La Misa —insisto— es acción divina, trinitaria, no humana. El sacerdote que celebra sirve al designio del Señor, prestando su cuerpo y su voz; pero no obra en nombre propio, sino in persona et in nomine Christi, en la Persona de Cristo, y en nombre de Cristo.

El amor de la Trinidad a los hombres hace que, de la presencia de Cristo en la Eucaristía, nazcan para la Iglesia y para la humanidad todas las gracias. Este es el sacrificio que profetizó Malaquías: desde la salida del sol hasta el ocaso es grande mi nombre entre las gentes; y en todo lugar se ofrece a mi nombre un sacrificio humeante y una oblación pura. Es el Sacrificio de Cristo, ofrecido al Padre con la cooperación del Espíritu Santo: oblación de valor infinito, que eterniza en nosotros la Redención, que no podían alcanzar los sacrificios de la Antigua Ley.

FILMOGRAFIA



ORACIONES

HIMNO A JESÚS SACRAMENTADO
POR SANTO TOMÁS DE AQUINO
(Adoro te devote)

Te adoro con devoción, Dios escondido, oculto verdaderamente bajo estas apariencias. A ti se somete mi corazón por completo, y se rinde totalmente al contemplarte.

Al juzgar de ti se equivocan la vista, el tacto, el gusto, pero basta con el oído para creer con firmeza; creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios; nada es más verdadero que esta palabra de verdad.

En la cruz se escondía sólo la divinidad, pero aquí también se esconde la humanidad; creo y confieso ambas cosas, y pido lo que pidió el ladrón arrepentido.

No veo las llagas como las vio Tomás, pero confieso que eres mi Dios; haz que yo crea más y más en ti, que en ti espere, que te ame.

¡Oh memorial de la muerte del Señor! Pan vivo que da la vida al hombre; concédele a mi alma que de ti viva, y que siempre saboree tu dulzura.

Señor Jesús, bondadoso pelícano, límpiame, a mí, inmundo, con tu sangre, de la que una sola gota puede liberar de todos los crímenes al mundo entero.

Jesús, a quien ahora veo escondido, te ruego que se cumpla lo que tanto ansío: que al mirar tu rostro ya no oculto, sea yo feliz viendo tu gloria. Amén.

Adóro te, devóte, latens déitas,
quæ sub his figúris vere latitas.
Tibi se cor meum totum súbiicit,
quia te contémplans totum déficit.


Visus, tactus, gustus in te fállitur,
sed audítu solo tuto créditur;
credo quidquid dixit Dei Fílius:
nil hoc verbo veritátis vérius.


In Cruce latébat sola déitas,
at hic latet simul et humánitas;
ambo tamen credens atque cónfitens,
peto quod petívit latro pœnitens.


Plagas, sicut Thómas, non intúeor,
Deum tamen meum te confíteor;
fac me tibi semper magis crédere,
in te spem habére, te dilígere.

O memoriále mortis Dómini!
Panis vivus, vitam præstans hómini;
præsta meæ menti de te vívere,
et te illi semper dulce sápere.


Pie pellicáne, Iesu Dómine,
me immúndum munda tuo sánguine: cuius una stilla salvum fácere
totum mundum quit ab omni sælere.


Iesu, quem velátum nunc aspício,
oro, fiat illud quod tam sítio;
ut te reveláta cernens fácie,
visu sim beátus tuæ gloriæ.
Amen.