miércoles, 12 de abril de 2017

13 DE ABRIL, JUEVES SANTO

Jueves Santo
Jueves en que Cristo instituyó el sacramento de la Eucaristía, también conocido como la Última Cena.

Por: Teresa Vallés | Fuente: Catholic.net


Significado de la celebración

El Jueves Santo se celebra:
  •  La Última Cena.
  •  El Lavatorio de los pies,
  •  La institución de la Eucaristía y del Sacerdocio
  • La oración de Jesús en el Huerto de Getsemaní.
En la mañana de este día, en todas las catedrales de cada diócesis, el obispo reúne a los sacerdotes en torno al altar y, en una Misa solemne, se consagran los Santos Óleos que se usan en los Sacramentos del Bautismo, Confirmación, Orden Sacerdotal y Unción de los Enfermos.

En la Misa vespertina, antes del ofertorio, el sacerdote celebrante toma una toalla y una bandeja con agua y lava los pies de doce varones, recordando el mismo gesto de Jesús con sus apóstoles en la Última Cena.

a)Lecturas bíblicas:

Libro del Éxodo 12, 1-8. 11-14; Primera carta del apóstol San Pablo a los corintios 11, 23-26; Evangelio según San Juan 13, 1-15.

b)La Eucaristía

Este es el día en que se instituyó la Eucaristía, el sacramento del Cuerpo y la Sangre de Cristo bajo las especies de pan y vino. Cristo tuvo la Última Cena con sus apóstoles y por el gran amor que nos tiene, se quedó con nosotros en la Eucaristía, para guiarnos en el camino de la salvación.
Todos estamos invitados a celebrar la cena instituida por Jesús. Esta noche santa, Cristo nos deja su Cuerpo y su Sangre. Revivamos este gran don y comprometámonos a servir a nuestros hermanos.

c)El lavatorio de los pies
Jesús en este pasaje del Evangelio nos enseña a servir con humildad y de corazón a los demás. Este es el mejor camino para seguir a Jesús y para demostrarle nuestra fe en Él. Recordar que esta no es la única vez que Jesús nos habla acerca del servicio. Debemos procurar esta virtud para nuestra vida de todos los días. Vivir como servidores unos de otros.

d)La noche en el huerto de los Olivos

Lectura del Evangelio según San Marcos14, 32-42.: 

Reflexionemos con Jesús en lo que sentía en estos momentos: su miedo, la angustia ante la muerte, la tristeza por ser traicionado, su soledad, su compromiso por cumplir la voluntad de Dios, su obediencia a Dios Padre y su confianza en Él. Las virtudes que nos enseña Jesús este día, entre otras, son la obediencia, la generosidad y la humildad.

Los monumentos y la visita de las siete iglesias 

Se acostumbra, después de la Misa vespertina, hacer un monumento para resaltar la Eucaristía y exponerla de una manera solemne para la adoración de los fieles.
La Iglesia pide dedicar un momento de adoración y de agradecimiento a Jesús, un acompañar a Jesús en la oración del huerto. Es por esta razón que las Iglesias preparan sus monumentos. Este es un día solemne.

En la visita de las siete iglesias o siete templos, se acostumbra llevar a cabo una breve oración en la que se dan gracias al Señor por todo su amor al quedarse con nosotros. Esto se hace en siete templos diferentes y simboliza el ir y venir de Jesús en la noche de la traición. Es a lo que refieren cuando dicen “traerte de Herodes a Pilatos”.

Meditación para el Jueves Santo


La Pascua judía era y sigue siendo una fiesta familiar. No se celebraba en el templo, sino  en la casa. Ya en el Éxodo, en el relato de la noche oscura en que tiene lugar el paso del  ángel del Señor, aparece la casa como lugar de salvación, como refugio. Por otra parte, la  noche de Egipto es imagen de las fuerzas de la muerte, de la destrucción y del caos, que  surgen siempre de las profundidades del mundo y del hombre y amenazan con destruir la  creación «buena» y con transformar el mundo en desierto, en lugar inhabitable. En esta  situación, la casa y la familia ofrecen protección y abrigo; en otras palabras: el mundo ha de  ser continuamente defendido contra el caos; la creación ha de ser siempre amparada y  reconstruida.

En el calendario de los nómadas, de los cuales heredó Israel la fiesta pascual, la Pascua  era el primer día del año, el día en que Israel había de ser nuevamente defendido contra la  amenaza de la nada. La casa y la familia son como el valle en que la vida se halla protegida,  el lugar de la seguridad y de la paz; la paz del habitar juntos, que permite vivir y guarda la  creación. También en tiempos de Jesús se celebraba la Pascua en las casas, en las familias,  luego de la inmolación de los corderos en el templo. Estaba prohibido abandonar la ciudad  de Jerusalén en la noche de Pascua. Toda la ciudad se consideraba lugar de salvación  contra la noche del caos, y sus muros eran como diques que defendieran la creación.

Todos los años, por Pascua, Israel debía acudir en peregrinación a la ciudad santa, para  volver a sus orígenes, para ser creado de nuevo, para recibir otra vez su salvación, su  liberación y fundamento. Hay aquí una profunda sabiduría. A lo largo de un año, un pueblo  se halla siempre en peligro de disgregarse, no sólo exteriormente, sino también desde  dentro, y de perder así las bases interiores que lo sustentan y rigen. Tiene necesidad de  volver a sus antiguos fundamentos. La Pascua representaba este retorno anual de Israel,  desde los peligros de aquel caos que amenaza a todo pueblo a aquello que antaño lo había  fundado y que continuaba edificándolo en todo momento, a su ininterrumpida defensa y a la  nueva creación de sus orígenes. Y puesto que Israel sabía que sobre él brillaba la estrella  de la elección, era también consciente de que su buena o malaventura traería  consecuencias para el mundo entero, que en su existencia o en su fracaso se jugaba el  destino de la tierra y de la creación.

También Jesús celebró la Pascua conformándose al espíritu de esta prescripción: en  casa, con su familia, con los apóstoles, que se habían convertido en su nueva familia.  Obrando de este modo, obedecía también a un precepto entonces vigente, según el cual los  judíos que acudían a Jerusalén podían establecer asociaciones de peregrinos, llamadas  chaburot, que por aquella noche constituían la casa y la familia de la Pascua. Y es así  como la Pascua ha venido a ser también una fiesta de los cristianos. Nosotros somos la  chaburah de Jesús, su familia, la que el fundó con sus compañeros de peregrinación, con  los amigos que con él recorren el camino del Evangelio a través de la tierra y de la historia. 

Como compañeros suyos de peregrinación, nosotros somos su casa, y de esta suerte la  Iglesia es la nueva familia y la nueva ciudad que es para nosotros lo que fue Jerusalén, casa  viviente que aleja las fuerzas del mal y lugar de paz que protege a la creación y a nosotros  mismos. La Iglesia es la nueva ciudad en cuanto familia de Jesús; es la Jerusalén viviente,  cuya fe es barrera y muralla contra las fuerzas amenazantes del caos, que se confabulan  para destruir el mundo. Sus murallas se hacen fuertes en virtud del signo de la sangre de  Cristo, es decir, en virtud del amor que llega hasta el fin y que no conoce límites. Este amor  es la potencia que lucha contra el caos; es la fuerza creadora que funda continuamente al  mundo, los pueblos y las familias, y de este modo nos ofrece el shalom, el lugar de la paz,  en el que podemos vivir el uno con el otro, el uno para el otro, el uno proyectado hacia el  otro.

Pienso que, sobre todo en  nuestro tiempo, existen sobradas razones para reflexionar de nuevo sobre tales analogías y  referencias, y para dejar que ellas nos hablen. Porque no podemos menos de ver la fuerza  del caos; no podemos menos de ver cómo surgen, precisamente en el seno de una  sociedad desarrollada que parece saberlo y poderlo todo, las fuerzas primordiales del caos  que se oponen a lo que esa sociedad define como progreso. Vemos cómo un pueblo que ha  llegado a la cúspide del bienestar, de la capacidad técnica y del dominio científico del  mundo, puede ser destruido desde dentro, y cómo la creación es amenazada por las  oscuras potencias que anidan en el corazón del hombre y cuya sombra se cierne sobre el  mundo.

Sabemos por experiencia que la técnica y el dinero no pueden por sí solos alejar la  capacidad destructiva del caos. Únicamente pueden hacerlo las murallas auténticas que el  Señor nos ha construido y la nueva familia que nos ha dado. Y yo pienso que, por este  motivo, la fiesta pascual, que nosotros hemos recibido de los nómadas a través de Israel y  de Cristo, tiene también una importancia política eminente en el más profundo de los  sentidos. Nuestros pueblos de Europa tienen necesidad de volver a sus fundamentos  espirituales si no quieren perecer, víctimas de la autodestrucción.

Esta fiesta debería volver a ser hoy una fiesta de la familia, que es el auténtico  dique puesto para defensa de la nación y de la humanidad. Quiera Dios que alcancemos a  comprender de nuevo esta admonición, de suerte que renovemos la celebración de la  familia como casa viviente, donde la humanidad crece y se vence al caos y la nada. Pero  debemos añadir que la familia, este lugar de la humanidad, este abrigo de la criatura,  únicamente puede subsistir cuando ella misma se halla puesta bajo el signo del Cordero,  cuando es protegida por la fuerza de la fe y congregada por el amor de Jesucristo. La familia  aislada no puede sobrevivir; se disuelve sin remedio si no se inserta en la gran familia, que  le da estabilidad y firmeza. Por esta razón, ésta ha de ser la noche en la que rehacemos el  camino que conduce a la nueva ciudad, a la nueva familia, a la Iglesia; la noche en que de  nuevo nos adherimos a ella con el más firme de los vínculos, como a la patria del corazón.  En esta noche deberíamos aprender de esta familia de Jesucristo a conocer mejor a la  familia humana y a la humanidad que ha de guiarnos y protegernos.

Se nos ofrece otra reflexión. Israel heredó esta fiesta del culto y de la cultura de los  nómadas. Celebraban éstos la fiesta de la primavera el día en que iniciaban una nueva  migración con sus rebaños. Lo primero que se hacía era trazar con sangre de cordero un  círculo en torno a las tiendas. Con este gesto trataban de defenderse seguramente contra  las fuerzas de la muerte, a las que deberían enfrentarse en no pocas ocasiones en el  mundo desconocido del desierto. La ceremonia se llevaba a cabo con las vestimentas del peregrino en el momento de la partida, con la comida de los nómadas, el cordero, las  hierbas amargas, que sustituían a la sal, y con el pan sin levadura. Israel ha heredado de sus tiempos de nomadismo estos elementos fundamentales en la celebración tradicional de la fiesta, y la Pascua le ha recordado siempre el tiempo en que era un pueblo sin hogar, un pueblo en camino y sin patria. Esta fiesta le ha traído siempre a la memoria que, aun cuando  tenemos casa, seguimos siendo nómadas; como hombres que somos, nunca nos hallamos  definitivamente en casa, estamos siempre con el pie en el estribo. Y pues vamos de camino  y nada nos pertenece, todo cuanto poseemos es de todos y nosotros mismos somos el uno  para el otro. La Iglesia primitiva tradujo la palabra Pascha como «paso», y expresó de este  modo el camino de Jesucristo a través de la muerte hasta la nueva vida de la Resurrección. 

CR/PEREGRINO: Por este motivo, la Pascua ha sido siempre, y sigue siendo hoy para  nosotros, fiesta de la peregrinación; también a nosotros nos dice: somos únicamente  huéspedes en la tierra; todos somos huéspedes de Dios. Por eso nos exhorta a sentirnos  hermanos de aquellos que son huéspedes, pues nosotros mismos no somos otra cosa que  huéspedes. Somos tan sólo huéspedes en la tierra; el Señor, que se hizo él mismo huésped  y nómada, nos pide que nos abramos a todos aquellos que en este mundo han perdido la  patria; espera de nosotros que nos pongamos a disposición de los que sufren, de los  olvidados, de los encarcelados, de los perseguidos. El está presente en todos ellos. En la  ley de Israel, cuando se dan normas para el tiempo en que el pueblo se establezca  definitivamente en la tierra prometida, se insiste en prescribir que los peregrinos sean  tratados igual que todos; y al hacerlo, se acude siempre a las palabras: «¡Recuerda que tú  mismo fuiste nómada y peregrino!» Somos nómadas y peregrinos. Este es el punto de vista  desde el que debemos entender la tierra, nuestra vida misma, el ser el uno para el otro. 

Estamos tan sólo de paso en la tierra, y esto nos hace recordar nuestra más secreta y  profunda condición de peregrinos; nos hace recordar que la tierra no es nuestra meta  definitiva, que estamos en camino hacia el mundo nuevo, y que las cosas de la tierra no  constituyen la realidad última y definitiva. Apenas nos atrevemos a decirlo, porque se nos  echa en cara que los cristianos no se han preocupado nunca de las cosas terrenas, que no  se han entregado en serio a edificar la ciudad nueva de este mundo, siempre con el pretexto  de que tenían en el otro su morada. Nada de esto es verdad. Quien se zambulle en el  mundo, aquel que ve en la tierra el único cielo, hace de la tierra un infierno, porque la fuerza  a ser lo que no puede ser, porque quiere poseer en ella la realidad definitiva, y de esta  suerte exige algo que le enfrenta consigo mismo, con la verdad y con los demás. 

No; nos hacemos libres, libres de la codicia de poseer, justamente cuando  tomamos conciencia de nuestro ser nómadas; es entonces cuando nos hacemos libres los  unos para los otros, y es entonces también cuando se nos confía la responsabilidad de  transformar la tierra, hasta que podamos un día depositarla en las manos de Dios. Por esta  razón, esta noche del tránsito, que nos recuerda el último y definitivo trayecto del Señor, ha  de ser para nosotros exhortación constante a recordar nuestro último viaje y a no echar en  olvido que un día debemos abandonar todo cuanto poseemos, y que, al final de la vida, lo  que de veras cuenta no es lo que tenemos, sino únicamente lo que somos; que, a lo último,  deberemos responder sobre cómo -fundados en la fe- hemos sido personas en este mundo,  personas que se han dado recíprocamente la paz, la patria, la familia y la nueva ciudad. 

La Pascua se celebraba en casa. Así lo hizo también Jesús. Pero después de la comida, él  se levantó y salió fuera, rebasó los límites establecidos por la ley, porque pasó al otro lado  del torrente Cedrón, que señalaba los confines de Jerusalén. No tuvo miedo del caos, no  quiso esquivarlo, se adentró en él hasta lo más profundo, hasta las fauces mismas de la  muerte. Jesús salió, y esto significa que, pues las murallas de la Iglesia son la fe y el amor  de Jesucristo, la Iglesia no es plaza fortificada, sino ciudad abierta; y, en consecuencia,  creer significa salir también con Jesucristo, no temer el caos, porque Jesús es el más fuerte,  porque él penetró en ese caos, y nosotros, al afrontarlo, le seguimos a «él». Creer significa  salir fuera de los muros y, en medio de este mundo caótico crear espacios de fe y de amor,  fundados en la fuerza de Jesucristo. El Señor salió fuera: éste es el signo de su fuerza. Bajó  a la noche de Getsemaní, a la noche de la cruz, a la noche del sepulcro. Y pudo bajar  porque, frente al poder de la muerte, él es el más fuerte; porque su amor lleva en sí el amor  de Dios, que es más poderoso que las fuerzas de la destrucción. Su victoria, por tanto, se  hace real justamente en este salir, en el camino de la Pasión, de suerte que, en el misterio  de Getsemaní, se halla ya presente el misterio del gozo pascual. El es el  más fuerte; no hay potencia que pueda resistírsele ni lugar que él no llene con su presencia.  Nos invita a todos a emprender el camino con él, pues donde hay fe y amor, allí está él, allí  la fuerza de la paz, que vence la nada y la muerte.

Al finalizar la liturgia del Jueves Santo, la Iglesia imita el camino de Jesús trasladando al  Santísimo desde el tabernáculo a una capilla lateral, que representa la soledad de  Getsemaní, la soledad de la mortal angustia de Jesús. En esta capilla rezan los fieles;  quieren acompañar a Jesús en la hora de su soledad. Este camino del Jueves Santo no ha  de quedar en mero gesto y signo litúrgico. Ha de comprometernos a vivir desde dentro su  soledad, a buscarle siempre, a él, que es el olvidado, el escarnecido, y a permanecer a su  lado allí donde los hombres se niegan a reconocerle. Este camino litúrgico nos exhorta a  buscar la soledad de la oración. Y nos invita también a buscarle entre aquellos que están  solos, de los cuales nadie se preocupa, y renovar con él, en medio de las tinieblas, la luz de  la vida, que «él» mismo es. Porque es su camino el que ha hecho posible que en este  mundo se levante el nuevo día, la vida de la Resurrección, que ya no conoce la noche. En la  fe cristiana alcanzamos esta promesa.

Pidamos a Jesús en esta Cuaresma que haga resplandecer su luz por encima de todas las  oscuridades de este mundo; que nos haga entender, también a nosotros, que él permanece  siempre a nuestro lado en la hora de la soledad y el vacío, en la noche de este mundo, y  que así edifica, por nuestro medio, la nueva ciudad de este mundo, el lugar de su paz, de la  nueva creación.

JOSEPH RATZINGER
EL CAMINO PASCUAL 
BAC POPULAR MADRID-1990.Págs. 107-113


BIBLIOGRAFÍA


Es Cristo que pasa > La Eucaristía, misterio de fe y de amor > Cap 9

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La víspera de la fiesta solemne de la Pascua, sabiendo Jesús que era llegada la hora de su tránsito de este mundo al Padre, como hubiera amado a los suyos que vivían en el mundo, los amó hasta el fin. Este versículo de San Juan anuncia, al lector de su Evangelio, que algo grande ocurrirá en ese día. Es un preámbulo tiernamente afectuoso, paralelo al que recoge en su relato San Lucas: ardientemente, afirma el Señor, he deseado comer este cordero, celebrar esta Pascua con vosotros, antes de mi Pasión. Comencemos por pedir desde ahora al Espíritu Santo que nos prepare, para entender cada expresión y cada gesto de Jesucristo: porque queremos vivir vida sobrenatural, porque el Señor nos ha manifestado su voluntad de dársenos como alimento del alma, y porque reconocemos que sólo El tiene palabras de vida eterna.

La fe nos hace confesar con Simón Pedro: nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios. Y es esa fe, fundida con nuestra devoción, la que en esos momentos trascendentales nos lleva a imitar la audacia de Juan: acercarnos a Jesús y recostar la cabeza en el pecho del Maestro, que amaba ardientemente a los suyos y —acabamos de escucharlo— los iba a amar hasta el fin.

Todos los modos de decir resultan pobres, si pretenden explicar, aunque sea de lejos, el misterio del Jueves Santo. Pero no es difícil imaginar en parte los sentimientos del Corazón de Jesucristo en aquella tarde, la última que pasaba con los suyos, antes del sacrificio del Calvario.

Considerad la experiencia, tan humana, de la despedida de dos personas que se quieren. Desearían estar siempre juntas, pero el deber —el que sea— les obliga a alejarse. Su afán sería continuar sin separarse, y no pueden. El amor del hombre, que por grande que sea es limitado, recurre a un símbolo: los que se despiden se cambian un recuerdo, quizá una fotografía, con una dedicatoria tan encendida, que sorprende que no arda la cartulina. No logran hacer más porque el poder de las criaturas no llega tan lejos como su querer.

Lo que nosotros no podemos, lo puede el Señor. Jesucristo, perfecto Dios y perfecto Hombre, no deja un símbolo, sino la realidad: se queda El mismo. Irá al Padre, pero permanecerá con los hombres. No nos legará un simple regalo que nos haga evocar su memoria, una imagen que tienda a desdibujarse con el tiempo, como la fotografía que pronto aparece desvaída, amarillenta y sin sentido para los que no fueron protagonistas de aquel amoroso momento. Bajo las especies del pan y del vino está El, realmente presente: con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad.


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La alegría del Jueves Santo

¡Qué bien se explica ahora el clamor incesante de los cristianos, en todos los tiempos, ante la Hostia santa! Canta, lengua, el misterio del Cuerpo glorioso y de la Sangre preciosa, que el Rey de todas las gentes, nacido de una Madre fecunda, derramó para rescatar el mundo. Es preciso adorar devotamente a este Dios escondido: es el mismo Jesucristo que nació de María Virgen; el mismo que padeció, que fue inmolado en la Cruz; el mismo de cuyo costado traspasado manó agua y sangre.

Este es el sagrado convite, en el que se recibe al mismo Cristo; se renueva la memoria de la Pasión y, con El, el alma trata íntimamente a su Dios y posee una prenda de la gloria futura. La liturgia de la Iglesia ha resumido, en breves estrofas, los capítulos culminantes de la historia de ardiente caridad, que el Señor nos dispensa.

El Dios de nuestra fe no es un ser lejano, que contempla indiferente la suerte de los hombres: sus afanes, sus luchas, sus angustias. Es un Padre que ama a sus hijos hasta el extremo de enviar al Verbo, Segunda Persona de la Trinidad Santísima, para que, encarnándose, muera por nosotros y nos redima. El mismo Padre amoroso que ahora nos atrae suavemente hacia El, mediante la acción del Espíritu Santo que habita en nuestros corazones.

La alegría del Jueves Santo arranca de ahí: de comprender que el Creador se ha desbordado en cariño por sus criaturas. Nuestro Señor Jesucristo, como si aún no fueran suficientes todas las otras pruebas de su misericordia, instituye la Eucaristía para que podamos tenerle siempre cerca y —en lo que nos es posible entender— porque, movido por su Amor, quien no necesita nada, no quiere prescindir de nosotros. La Trinidad se ha enamorado del hombre, elevado al orden de la gracia y hecho a su imagen y semejanza; lo ha redimido del pecado —del pecado de Adán que sobre toda su descendencia recayó, y de los pecados personales de cada uno— y desea vivamente morar en el alma nuestra: el que me ama observará mi doctrina y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos mansión dentro de él.


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La Eucaristía y el misterio de la Trinidad

Esta corriente trinitaria de amor por los hombres se perpetúa de manera sublime en la Eucaristía. Hace muchos años, aprendimos todos en el catecismo que la Sagrada Eucaristía puede ser considerada como Sacrificio y como Sacramento; y que el Sacramento se nos muestra como Comunión y como un tesoro en el altar: en el Sagrario. La Iglesia dedica otra fiesta al misterio eucarístico, al Cuerpo de Cristo —Corpus Christi— presente en todos los tabernáculos del mundo. Hoy, en el Jueves Santo, vamos a fijarnos en la Sagrada Eucaristía, Sacrificio y alimento, en la Santa Misa y en la Sagrada Comunión.

Hablaba de corriente trinitaria de amor por los hombres. Y ¿dónde advertirla mejor que en la Misa? La Trinidad entera actúa en el santo sacrificio del altar. Por eso me gusta tanto repetir en la colecta, en la secreta y en la postcomunión aquellas palabras finales: Por Jesucristo, Señor Nuestro, Hijo tuyo —nos dirigimos al Padre—, que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos. Amén.

En la Misa, la plegaria al Padre se hace constante. El sacerdote es un representante del Sacerdote eterno, Jesucristo, que al mismo tiempo es la Víctima. Y la acción del Espíritu Santo en la Misa no es menos inefable ni menos cierta. Por la virtud del Espíritu Santo, escribe San Juan Damasceno, se efectúa la conversión del pan en el Cuerpo de Cristo.

Esta acción del Espíritu Santo queda expresada claramente cuando el sacerdote invoca la bendición divina sobre la ofrenda: Ven, santificador omnipotente, eterno Dios, y bendice este sacrificio preparado a tu santo nombre, el holocausto que dará al Nombre santísimo de Dios la gloria que le es debida. La santificación, que imploramos, es atribuida al Paráclito, que el Padre y el Hijo nos envían. Reconocemos también esa presencia activa del Espíritu Santo en el sacrificio cuando decimos, poco antes de la comunión: Señor, Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que por voluntad del Padre, cooperando el Espíritu Santo, vivificaste el mundo con tu muerte....


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Toda la Trinidad está presente en el sacrificio del Altar. Por voluntad del Padre, cooperando el Espíritu Santo, el Hijo se ofrece en oblación redentora. Aprendamos a tratar a la Trinidad Beatísima, Dios Uno y Trino: tres Personas divinas en la unidad de su substancia, de su amor, de su acción eficazmente santificadora.

Inmediatamente después del lavabo, el sacerdote invoca: Recibe, Santa Trinidad, esta oblación que te ofrecemos en memoria de la Pasión, de la Resurrección y de la Ascensión de Jesucristo, Señor Nuestro. Y, al final de la Misa, hay otra oración de encendido acatamiento al Dios Uno y Trino: Placeat tibi, Sancta Trinitas, obsequium servitutis meæ... que te sea agradable, oh Trinidad Santísima, el tributo de mi servidumbre; dispón que el sacrificio que yo, aunque indigno, he ofrecido a la Majestad tuya, merezca aceptación; y te pido que, por tu misericordia, sea éste un sacrificio de perdón para mí y para todos por los que lo he ofrecido.

La Misa —insisto— es acción divina, trinitaria, no humana. El sacerdote que celebra sirve al designio del Señor, prestando su cuerpo y su voz; pero no obra en nombre propio, sino in persona et in nomine Christi, en la Persona de Cristo, y en nombre de Cristo.

El amor de la Trinidad a los hombres hace que, de la presencia de Cristo en la Eucaristía, nazcan para la Iglesia y para la humanidad todas las gracias. Este es el sacrificio que profetizó Malaquías: desde la salida del sol hasta el ocaso es grande mi nombre entre las gentes; y en todo lugar se ofrece a mi nombre un sacrificio humeante y una oblación pura. Es el Sacrificio de Cristo, ofrecido al Padre con la cooperación del Espíritu Santo: oblación de valor infinito, que eterniza en nosotros la Redención, que no podían alcanzar los sacrificios de la Antigua Ley.

FILMOGRAFIA



ORACIONES

HIMNO A JESÚS SACRAMENTADO
POR SANTO TOMÁS DE AQUINO
(Adoro te devote)

Te adoro con devoción, Dios escondido, oculto verdaderamente bajo estas apariencias. A ti se somete mi corazón por completo, y se rinde totalmente al contemplarte.

Al juzgar de ti se equivocan la vista, el tacto, el gusto, pero basta con el oído para creer con firmeza; creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios; nada es más verdadero que esta palabra de verdad.

En la cruz se escondía sólo la divinidad, pero aquí también se esconde la humanidad; creo y confieso ambas cosas, y pido lo que pidió el ladrón arrepentido.

No veo las llagas como las vio Tomás, pero confieso que eres mi Dios; haz que yo crea más y más en ti, que en ti espere, que te ame.

¡Oh memorial de la muerte del Señor! Pan vivo que da la vida al hombre; concédele a mi alma que de ti viva, y que siempre saboree tu dulzura.

Señor Jesús, bondadoso pelícano, límpiame, a mí, inmundo, con tu sangre, de la que una sola gota puede liberar de todos los crímenes al mundo entero.

Jesús, a quien ahora veo escondido, te ruego que se cumpla lo que tanto ansío: que al mirar tu rostro ya no oculto, sea yo feliz viendo tu gloria. Amén.

Adóro te, devóte, latens déitas,
quæ sub his figúris vere latitas.
Tibi se cor meum totum súbiicit,
quia te contémplans totum déficit.


Visus, tactus, gustus in te fállitur,
sed audítu solo tuto créditur;
credo quidquid dixit Dei Fílius:
nil hoc verbo veritátis vérius.


In Cruce latébat sola déitas,
at hic latet simul et humánitas;
ambo tamen credens atque cónfitens,
peto quod petívit latro pœnitens.


Plagas, sicut Thómas, non intúeor,
Deum tamen meum te confíteor;
fac me tibi semper magis crédere,
in te spem habére, te dilígere.

O memoriále mortis Dómini!
Panis vivus, vitam præstans hómini;
præsta meæ menti de te vívere,
et te illi semper dulce sápere.


Pie pellicáne, Iesu Dómine,
me immúndum munda tuo sánguine: cuius una stilla salvum fácere
totum mundum quit ab omni sælere.


Iesu, quem velátum nunc aspício,
oro, fiat illud quod tam sítio;
ut te reveláta cernens fácie,
visu sim beátus tuæ gloriæ.
Amen.

viernes, 7 de abril de 2017

9 DE ABRIL, DOMINGO DE RAMOS

DOMINGO DE RAMOS



El Domingo de Ramos abre solemnemente la Semana Santa, con el recuerdo de las Palmas y de la passión, de la entrada de Jesús en Jerusalén y la liturgia de la palabra que evoca la Pasión del Señor en el Evangelio de San Lucas.

En este día, se entrecruzan las dos tradiciones litúrgicas que han dado origen a esta celebración: la alegre, multitudinaria, festiva liturgia de la iglesia madre de la ciudad santa, que se convierte en mimesis, imitación de los que Jesús hizo en Jerusalén, y la austera memoria - anamnesis - de la pasión que marcaba la liturgia de Roma. Liturgia de Jerusalén y de Roma, juntas en nuestra celebración. Con una evocación que no puede dejar de ser actualizada.

Vamos con el pensamiento a Jerusalén, subimos al Monte de los olivos para recalar en la capilla de Betfagé, que nos recuerda el gesto de Jesús, gesto profético, que entra como Rey pacífico, Mesías aclamado primero y condenado después, para cumplir en todo las profecías. .

Por un momento la gente revivió la esperanza de tener ya consigo, de forma abierta y sin subterfugios aquel que venía en el nombre del Señor. Al menos así lo entendieron los más sencillos, los discípulos y gente que acompañó a Jesús, como un Rey.

San Lucas no habla de olivos ni palmas, sino de gente que iba alfombrando el camino con sus vestidos, como se recibe a un Rey, gente que gritaba: "Bendito el que viene como Rey en nombre del Señor. Paz en el cielo y gloria en lo alto".

Palabras con una extraña evocación de las mismas que anunciaron el nacimiento del Señor en Belén a los más humildes. Jerusalén, desde el siglo IV, en el esplendor de su vida litúrgica celebraba este momento con una procesión multitudinaria. Y la cosa gustó tanto a los peregrinos que occidente dejó plasmada en esta procesión de ramos una de las más bellas celebraciones de la Semana Santa.

Con la liturgia de Roma, por otro lado, entramos en la Pasión y anticipamos la proclamación del misterio, con un gran contraste entre el camino triunfante del Cristo del Domingo de Ramos y el Via Crucis de los días santos.

Sin embargo, son las últimas palabras de Jesús en el madero la nueva semilla que debe empujar el remo evangelizador de la Iglesia en el mundo.

"Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu". Este es el evangelio, esta la nueva noticia, el contenido de la nueva evangelización. Desde una paradoja este mundo que parece tan autónomo, necesita que se le anuncie el misterio de la debilidad de nuestro Dios en la que se demuestra el culmen de su amor. Como lo anunciaron los primeros cristianos con estas narraciones largas y detallistas de la pasión de Jesús.

Era el anuncio del amor de un Dios que baja con nosotros hasta el abismo de lo que no tiene sentido, del pecado y de la muerte, del absurdo grito de Jesús en su abandono y en su confianza extrema. Era un anuncio al mundo pagano tanto más realista cuanto con él se podía medir la fuerza de la Resurrección.

La liturgia de las palmas anticipa en este domingo, llamado pascua florida, el triunfo de la resurrección; mientras que la lectura de la Pasión nos invita a entrar conscientemente en la Semana Santa de la Pasión gloriosa y amorosa de Cristo el Señor.
https://www.aciprensa.com/domingo-de-ramos


El Domingo de Ramos es el sexto y último domingo de Cuaresma y el comienzo de la Semana Santa, un domingo del más alto rango, en el que no se permite siquiera conmemoración de ningún tipo en la Misa. En el derecho común marca el comienzo de los deberes de la Pascua. El misal romano señala la estación de San Juan de Letrán (véase días de estación) y antes de septiembre de 1870, el Papa realizaba la ceremonia allí. Los griegos celebran el día con gran solemnidad; lo llaman kyriake o heorte ton baion o heorte baiophoros o también domingo de Lázaro, porque el día antes ellos tienen la fiesta de la resurrección de Lázaro. Los emperadores solían distribuir ramas de palma y pequeños regalos entre sus nobles y domésticos.
Los libros litúrgicos latinos lo llaman Dominica in Palmis, Dominica o Dies Palmarum. El día ha recibido el nombre de Dominica Hosanna o simplemente Hosanna (Ozanna) a partir del grito del pueblo durante la procesión. Debido a que cada gran fiesta era de alguna manera un recuerdo de la Resurrección de Jesucristo y, en consecuencia, era llamada Pascha, nos encontramos con los nombres Pascha floridum, en francés Pâques fleuries, en español Pascua florida, y fue a partir de este día de 1512 que el estado de la Florida (EE. UU. AA) recibió su nombre (Nilles, II, 205). Los términos Dominica florida y dies floridus surgieron de la costumbre de bendecir las flores y entrelazarlas entre las palmas. El Domingo de Flores era muy conocido en Inglaterra, en Alemania, como Blumensonntag o Blumentag, como también entre los serbios, croatas y rutenos, en el breviario y misal glagolítico y entre los armenios. Estos últimos celebran otro Domingo de Ramos en el séptimo domingo después de Pascua para conmemorar el "Ingressus Domini in coelum juxta visionem Gregorii Illuminatoris" llamado Secundus floricultus o Secunda palmarum dominica (Nilles, II, 519).

Dado que este domingo es el comienzo de la Semana Santa, durante la cual los pecadores se reconciliaron, se le llamaba Dominica indulgentioe, cormpetentium y capitilavium por la práctica de lavado y afeitado de la cabeza como una preparación física para el bautismo. Durante los primeros siglos de la Iglesia este sacramento era conferido solemnemente sólo en la noche del Sábado Santo, tras habérsele dado a conocer el texto del Credo a los catecúmenos en el anterior Domingo de Ramos. Esta práctica fue seguida en España (Isidoro, "De off. eccl.", I, 27), en la Galia (P.L., LXXII, 265), y en Milán (Ambrosio, Ep. XX). En Inglaterra al día se le llamaba Domingo de Ramas u Olivos, Domingo de Tejo, Sauce o Domingo en Flor, o Domingo de las Ramas de Sauces. Puesto que la celebración recordaba la solemne entrada de Cristo en Jerusalén, la gente hacía uso de muchas representaciones pintorescas y realistas; así, una figura de Cristo sentado en un asno, tallada en madera, era llevada en la procesión, e incluso traída a la iglesia. Estas figuras aún pueden verse en los museos de Basilea, Zurich, Munich y Nuremberg (Kellner, 50).

Meditación Domingo de Ramos según Benedicto XVI
FUENTE: ZENIT
Autor: BenedictoXVI
Queridos hermanos y hermanas: 
En la procesión del Domingo de Ramos nos unimos a la muchedumbre de discípulos que, con alegría festiva, acompañan al Señor en su entrada en Jerusalén. Como ellos, alabamos al Señor alzando la voz por todos los prodigios que hemos visto.
 Sí, también nosotros hemos visto y seguimos viendo los prodigios de Cristo: cómo lleva a hombres y mujeres a renunciar a las comodidades de la propia vida para ponerse totalmente al servicio de los que sufren; cómo da valor a hombres y mujeres para oponerse a la violencia y a la mentira y dejar espacio en el mundo a la verdad; cómo, en lo secreto, induce a hombres y mujeres a hacer el bien a los demás, a suscitar la reconciliación donde había odio, a crear la paz donde reinaba la enemistad. 
 La procesión es ante todo un gozoso testimonio que ofrecemos de Jesucristo, por quien se nos ha hecho visible el Rostro de Dios, y por quien el corazón de Dios se abre a todos nosotros. En el Evangelio de Lucas, la narración del inicio del cortejo en los alrededores de Jerusalén está compuesta siguiendo, en algunos momentos literalmente, el modelo del rito de coronación con el que, según el Primer Libro de los Reyes, Salomón fue declarado heredero de la realeza de David (Cf. 1 Reyes 1, 33-35).
De este modo, la procesión de las Palmas es también una procesión de Cristo Rey: profesamos la realeza de Jesucristo, reconocemos a Jesús como el Hijo de David, el verdadero Salomón, el Rey de la paz y de la justicia.
Reconocerle como Rey significa aceptarle como quien nos indica el camino, Aquél de quien nos fiamos y a quien seguimos. Significa aceptar día tras día su palabra como criterio válido para nuestra vida. Significa ver en Él la autoridad a la que nos sometemos. Nos sometemos a Él porque su autoridad es la autoridad de la verdad. 
Ante todo, la procesión de las Palmas es, como lo fue en aquella ocasión para los discípulos, una manifestación de alegría, porque podemos conocer a Jesús, porque Él nos permite ser sus amigos y porque nos ha dado la clave de la vida. Esta alegría, que se encuentra en el origen, es también expresión de nuestro «sí» a Jesús y de nuestra disponibilidad a caminar con Él allí donde nos lleve.
 La exhortación del inicio de nuestra liturgia interpreta justamente el sentido de la procesión, que es también una representación simbólica de lo que llamamos «seguimiento de Cristo»:
«Pidamos la gracia de seguirle», hemos dicho. La expresión «seguimiento de Cristo» es una descripción de toda la existencia cristiana en general. ¿En qué consiste? ¿Qué quiere decir en concreto «seguir a Cristo»?
 > > > > Al inicio, en los primeros siglos, el sentido era muy sencillo e inmediato: significa que estas personas habían decidido dejar su profesión, sus negocios, toda su vida para ir con Jesús. Significaba emprender una nueva profesión: la de discípulo. El contenido fundamental de esta profesión consistía en ir con el maestro, confiar totalmente en su guía. De este modo, el seguimiento era algo exterior y al mismo tiempo muy interior.
El aspecto exterior consistía en caminar tras Jesús en sus peregrinaciones por Palestina; el interior, en la nueva orientación de la existencia, que ya no tenía sus mismos puntos de referencia en los negocios, en la profesión, en la voluntad personal, sino que se abandonaba totalmente en la voluntad de Otro. Ponerse a su disposición se había convertido en la razón de su vida. La renuncia que esto implicaba, el nivel de desapego, lo podemos reconocer de manera sumamente clara en algunas escenas de los Evangelios.
Así queda claro lo que significa para nosotros el seguimiento y su verdadera esencia: se trata de un cambio interior de la existencia. Exige que ya no me cierre en mi yo, considerando mi autorrealización como la razón principal de mi vida. Exige entregarme libremente al Otro por la verdad, por el amor, por Dios, que en Jesucristo, me precede y me muestra el camino.
Se trata de la decisión fundamental de dejar de considerar la utilidad, la ganancia, la carrera y el éxito como el objetivo último de mi vida, para reconocer sin embargo como criterios auténticos la verdad y el amor. Se trata de optar entre vivir sólo para mí o entregarme a lo más grande. Hay que tener en cuenta que verdad y amor no son valores abstractos; en Jesucristo se han convertido en una Persona. Al seguirle a Él, me pongo al servicio de la verdad y del amor. Al perderme, vuelvo a encontrarme. 
 Volvamos a la liturgia y a la procesión de las Palmas. En ella, la liturgia prevé el canto del Salmo 24 [23], que también en Israel era un canto de procesión, utilizado para subir al monte del templo.
El Salmo interpreta la subida interior de la que era imagen la subida exterior y nos explica lo que significa subir con Cristo. «¿Quién subirá al monte del Señor?», pregunta el Salmo, y presenta dos condiciones esenciales. Quienes suben y quieren llegar verdaderamente hasta arriba, hasta la verdadera altura, tienen que ser personas que se preguntan por Dios. Personas que escrutan a su alrededor para buscar a Dios, para buscar su Rostro.
 Queridos jóvenes amigos, qué importante es precisamente esto hoy: no hay que dejarse llevar de un lado para otro en la vida; no hay que contentarse con lo que todos piensan, dicen y hacen. Hay que escrutar y buscar a Dios. No hay que dejar que la pregunta por Dios se disuelva en nuestras almas, el deseo de lo más grande, el deseo de conocerle a Él, su Rostro…
 Esta es la otra condición sumamente concreta para la subida: puede llegar al lugar santo quien tiene «manos limpias y puro corazón». Manos limpias son aquellas que no cometen actos de violencia. Son manos que no se han ensuciado con la corrupción, con los sobornos. Corazón puro, ¿cuándo es puro el corazón? Es puro un corazón que no finge y no se mancha con la mentira y la hipocresía. Un corazón que es transparente como el agua de un manantial, porque en él no hay doblez.
Es puro un corazón que no se extravía con la ebriedad del placer; un corazón cuyo amor es auténtico y no una simple pasión del momento. Manos limpias y corazón puro: si caminamos con Jesús, subimos y experimentamos las purificaciones que nos llevan verdaderamente a esa altura a la que el hombre está destinado: la amistad con el mismo Dios.
 El Salmo 24 [23], que habla de la subida, concluye con una liturgia de entrada ante la puerta del templo: «Puertas, levantad vuestros dinteles, alzaos, portones antiguos, para que entre el rey de la gloria». En la antigua liturgia del Domingo de Ramos el sacerdote, al llegar ante la iglesia, tocaba fuertemente con la cruz de la procesión contra el portón, que todavía estaba cerrado y que en ese momento se abría.
Era una bella imagen del misterio del mismo Jesucristo que, con la madera de su cruz, con la fuerza de su amor, tocó desde el lado del mundo a la puerta de Dios; del lado de un mundo que no lograba acceder a Dios. Con la cruz, Jesús ha abierto de par en par la puerta de Dios, la puerta entre Dios y los hombres. Ahora está abierta.
Pero el Señor también toca desde el otro lado con su cruz: toca a las puertas del mundo, a las puertas de nuestros corazones, que con tanta frecuencia y en tan elevado número están cerradas para Dios. Y nos habla más o menos de este modo: si las pruebas que Dios en la creación te da de su existencia no lograr abrirte a Él; si la palabra de la Escritura y el mensaje de la Iglesia te dejan indiferente, entonces, mírame a mí, que soy tu Señor y tu Dios.
 Este es el llamamiento que en esta hora dejamos penetrar en nuestro corazón. Que el Señor nos ayude a abrir la puerta del corazón, la puerta del mundo, para que Él, el Dios viviente, pueda venir en su Hijo a nuestro tiempo, llegar a nuestra vida. Amén. >
                                  Benedicto XVI Homilia Domingo de Ramos 2007



BIBLIOGRAFÍA

San Josemaría Escrivá de Balaguer
ES CRISTO QUE PASA
HOMILÍA "LA LUCHA INTERIOR"
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Como toda fiesta cristiana, ésta que celebramos es especialmente una fiesta de paz. Los ramos, con su antiguo simbolismo, evocan aquella escena del Génesis: esperó Noé otros siete días y, al cabo de ellos, soltó otra vez la paloma, que volvió a él a la tarde, trayendo en el pico una ramita verde de olivo. Conoció, por esto, Noé que las aguas no cubrían ya la tierra. Ahora recordamos que la alianza entre Dios y su pueblo es confirmada y establecida en Cristo, porque El es nuestra paz. En esa maravillosa unidad y recapitulación de lo viejo en lo nuevo, que caracteriza la liturgia de nuestra Santa Iglesia Católica, leemos en el día de hoy estas palabras de profunda alegría: los hijos de los hebreos, llevando ramos de olivo salieron al encuentro del Señor, clamando y diciendo: Gloria en las alturas.

La aclamación a Jesucristo se enlaza en nuestra alma con la que saludó su nacimiento en Belén. Mientras Jesús pasaba, cuenta San Lucas, las gentes tendían sus vestidos por el camino. Y estando ya cercano a la bajada del monte de los Olivos, los discípulos en gran número, transportados de gozo, comenzaron a alabar a Dios en alta voz por todos los prodigios que habían visto: bendito sea el Rey que viene en nombre del Señor, paz en el cielo y gloria en las alturas.

Paz en la tierra

Pax in coelo, paz en el cielo. Pero miremos también el mundo: ¿por qué no hay paz en la tierra? No; no hay paz; hay sólo apariencia de paz, equilibrio de miedo, compromisos precarios. No hay paz tampoco en la Iglesia, surcada por tensiones que desgarran la blanca túnica de la Esposa de Cristo. No hay paz en muchos corazones, que intentan vanamente compensar la intranquilidad del alma con el ajetreo continuo, con la pequeña satisfacción de bienes que no sacian, porque dejan siempre el amargo regusto de la tristeza.

Las hojas de palma, escribe San Agustín, son símbolo de homenaje, porque significan victoria. El Señor estaba a punto de vencer, muriendo en la Cruz. Iba a triunfar, en el signo de la Cruz, sobre el Diablo, príncipe de la muerte. Cristo es nuestra paz porque ha vencido; y ha vencido porque ha luchado, en el duro combate contra la acumulada maldad de los corazones humanos.

Cristo, que es nuestra paz, es también el Camino. Si queremos la paz, hemos de seguir sus pasos. La paz es consecuencia de la guerra, de la lucha, de esa lucha ascética, íntima, que cada cristiano debe sostener contra todo lo que, en su vida, no es de Dios: contra la soberbia, la sensualidad, el egoísmo, la superficialidad, la estrechez de corazón. Es inútil clamar por el sosiego exterior si falta tranquilidad en las conciencias, en el fondo del alma, porque del corazón es de donde salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias.


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Lucha, compromiso de amor y de justicia

Pero este lenguaje, ¿no resulta ya anticuado? ¿Acaso no ha sido sustituido por un idioma de ocasión, de claudicaciones personales encubiertas con un ropaje pseudocientífico? ¿No existe un acuerdo tácito en que los bienes reales son: el dinero que todo lo compra, el poderío temporal, la astucia para quedar siempre arriba, la sabiduría humana que se autodefine adulta, que piensa haber superado lo sacro?

No soy, ni he sido nunca pesimista, porque la fe me dice que Cristo ha vencido definitivamente y nos ha dado, como prenda de su conquista, un mandato, que es también un compromiso: luchar. Los cristianos tenemos un empeño de amor, que hemos aceptado libremente, ante la llamada de la gracia divina: una obligación que nos anima a pelear con tenacidad, porque sabemos que somos tan frágiles como los demás hombres. Pero a la vez no podemos olvidar que, si ponemos los medios, seremos la sal, la luz y la levadura del mundo: seremos el consuelo de Dios.

Nuestro ánimo de perseverar con tesón en este propósito de Amor es, además, deber de justicia. Y la materia de esta exigencia, común a todos los fieles, se concreta en una batalla constante. Toda la tradición de la Iglesia ha hablado de los cristianos como de milites Christi, soldados de Cristo. Soldados que llevan la serenidad a los demás, mientras combaten continuamente contra las personales malas inclinaciones. A veces, por escasez de sentido sobrenatural, por un descreimiento práctico, no se quiere entender nada de la vida en la tierra como milicia. Insinúan maliciosamente que, si nos consideramos milites Christi, cabe el peligro de utilizar la fe para fines temporales de violencia, de banderías. Ese modo de pensar es una triste simplificación poco lógica, que suele ir unida a la comodidad y a la cobardía.

Nada más lejos de la fe cristiana que el fanatismo, con el que se presentan los extraños maridajes entre lo profano y lo espiritual sean del signo que sean. Ese peligro no existe, si la lucha se entiende como Cristo nos ha enseñado: como guerra de cada uno consigo mismo, como esfuerzo siempre renovado de amar más a Dios, de desterrar el egoísmo, de servir a todos los hombres. Renunciar a esta contienda, con la excusa que sea, es declararse de antemano derrotado, aniquilado, sin fe, con el alma caída, desparramada en complacencias mezquinas.

Para el cristiano, el combate espiritual delante de Dios y de todos los hermanos en la fe, es una necesidad, una consecuencia de su condición. Por eso, si alguno no lucha, está haciendo traición a Jesucristo y a todo su cuerpo místico, que es la Iglesia.


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Lucha incesante

La guerra del cristiano es incesante, porque en la vida interior se da un perpetuo comenzar y recomenzar, que impide que, con soberbia, nos imaginemos ya perfectos. Es inevitable que haya muchas dificultades en nuestro camino; si no encontrásemos obstáculos, no seríamos criaturas de carne y hueso. Siempre tendremos pasiones que nos tiren para abajo, y siempre tendremos que defendernos contra esos delirios más o menos vehementes.

Advertir en el cuerpo y en el alma el aguijón de la soberbia, de la sensualidad, de la envidia, de la pereza, del deseo de sojuzgar a los demás, no debería significar un descubrimiento. Es un mal antiguo, sistemáticamente confirmado por nuestra personal experiencia; es el punto de partida y el ambiente habitual para ganar en nuestra carrera hacia la casa del Padre, en este íntimo deporte. Por eso enseña San Pablo: yo voy corriendo, no como quien corre a la ventura, no como quien da golpes al aire, sino que castigo mi cuerpo y lo esclavizo, no sea que habiendo predicado a los otros, venga yo a ser reprobado.

El cristiano no debe esperar, para iniciar o sostener esta contienda, manifestaciones exteriores o sentimientos favorables. La vida interior no es cosa de sentimientos, sino de gracia divina y de voluntad, de amor. Todos los discípulos fueron capaces de seguir a Cristo en su día de triunfo en Jerusalén, pero casi todos le abandonaron a la hora del oprobio de la Cruz.

Para amar de verdad es preciso ser fuerte, leal, con el corazón firmemente anclado en la fe, en la esperanza y en la caridad. Sólo la ligereza insubstancial cambia caprichosamente el objeto de sus amores, que no son amores sino compensaciones egoístas. Cuando hay amor, hay entereza: capacidad de entrega, de sacrificio. de renuncia. Y, en medio de la entrega, del sacrificio y de la renuncia, con el suplicio de la contradicción, la felicidad y la alegría. Una alegría que nada ni nadie podrá quitarnos.

En este torneo de amor no deben entristecernos las caídas, ni aun las caídas graves, si acudimos a Dios con dolor y buen propósito en el sacramento de la Penitencia. El cristiano no es un maníaco coleccionista de una hoja de servicios inmaculada. Jesucristo Nuestro Señor se conmueve tanto con la inocencia y la fidelidad de Juan y, después de la caída de Pedro, se enternece con su arrepentimiento. Comprende Jesús nuestra debilidad y nos atrae hacia sí, como a través de un plano inclinado, deseando que sepamos insistir en el esfuerzo de subir un poco, día a día. Nos busca, como buscó a los dos discípulos de Emaús, saliéndoles al encuentro; como buscó a Tomás y le enseñó, e hizo que las tocara con sus dedos, las llagas abiertas en las manos y en el costado. Jesucristo siempre está esperando que volvamos a El, precisamente porque conoce nuestra debilidad.
http://www.escrivaobras.org/book/es_cristo_que_pasa-capitulo-8.htm


FILMOGRAFÍA




ORACIÓN

Tú eres, Oh Cristo, el Rey de Gloria. Entra en mi corazón de la manera que entraste a Jerusalén, manso y humilde. Con palmas de gozo te recibo y te alabo. Enséñame a ser un verdadero creyente, no de los que te siguen por complacer a la gente, como los judíos que después de recibirte, al cabo de unos días decidieron crucificarte. En esta Semana Mayor, enséñame a amarte Señor, y vivir con auténtica piedad el sufrimiento de tu humanidad.

Viernes de Dolores 
El Viernes de Dolores o Viernes de Pasión, es el viernes anterior al Domingo de Ramos, comprendido dentro de la última semana de la Cuaresma, conocida por la Iglesia como Semana de Pasión. En algunas regiones es considerado como el inicio de la Semana Santa o Semana Mayor, al iniciarse en éste las procesiones.
Los católicos manifiestan su fervor religioso en la celebración de los Dolores de Nuestra Señora, incluyendo por ejemplo en la liturgia de la Misa la secuencia del Stabat Mater.
En algunos lugares se le denomina Viernes de Concilio, el cual es tomado como día de ayuno y abstinencia, quedando proscrito el consumo de carnes.
Historia de una festividad
Esta antigua celebración mariana tuvo mucho arraigo en toda Europa y América, y aún hoy muchas de las devociones de la Santísima Virgen del tiempo de Semana Santa, tienen su día festivo o principal durante el Viernes de Dolores, que conmemora los sufrimientos de la Madre de Cristo durante la Semana Santa.
El Concilio Vaticano II consideró, dentro de las diversas modificaciones al calendario litúrgico, suprimir las fiestas consideradas "duplicadas", esto es, que se celebren dos veces en un mismo año; por ello la fiesta primigenia de los Dolores de Nuestra Señora el viernes antes del Domingo de Ramos fue suprimida, siendo reemplazada por la moderna fiesta de Nuestra Señora de los Dolores el 15 de septiembre.
A pesar de ello, la Santa Sede contempla que, en los lugares donde se halle fervorosamente fecunda la devoción a los Dolores de María, este día puede celebrarse sin ningún inconveniente con todas las prerrogativas que le son propias.

sábado, 25 de marzo de 2017

25 DE MARZO, LA ANUNCIACIÓN DE LA VIRGEN MARÍA





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SOLEMNIDAD DE LA ENCARNACIÓN


Esta gran fiesta tomó su nombre de la buena nueva anunciada por el arcángel Gabriel a la Santísima Virgen María, referente a la Encarnación del Hijo de Dios. Era el propósito divino dar al mundo un Salvador, al pecador una víctima de propiciación, al virtuoso un modelo, a esta doncella -que debía permanecer virgen- un Hijo y al Hijo de Dios una nueva naturaleza humana capaz de sufrir el dolor y la muerte, afín de que El pudiera satisfacer la justicia de Dios por nuestras transgresiones.

El mundo no iba a tener un Salvador hasta que Ella hubiese dado su consentimiento a la propuesta del ángel. Lo dio y he aquí el poder y la eficacia de su Fíat. En ese momento, el misterio de amor y misericordia prometido al género humano miles de años atrás, predicho por tantos profetas, deseado por tantos santos, se realizó sobre la tierra. En ese instante el alma de Jesucristo producida de la nada empezó a gozar de Dios y a conocer todas las cosas, pasadas, presentes y futuras; en ese momento Dios comenzó a tener un adorador infinito y el mundo un mediador omnipotente y, para la realización de este gran misterio, solamente María es acogida para cooperar con su libre consentimiento.


I. Actualidad litúrgica

La fiesta de la Anunciación del Señor tiene su propio significado original. Guarda una estrecha relación con la fiesta de Navidad. Pero los historiadores y los liturgistas admiten que no hay elementos suficientes para determinar cuál ha sido el influjo y el predominio entre las dos fechas. La anunciación se inscribe bajo el signo del realismo de la encarnación y en la dimensión de la historia de la salvación. No es un elemento de devoción o una reflexión teológica sobre el depósito de la revelación. Es ante todo y sustancialmente un acontecimiento y como tal tiene que destacarse sobre las demás celebraciones. Dice que el Verbo se ha hecho carne y plantó su tienda entre los hombres (cf Jn 1,14); que quiso mostrarse en la fragilidad de la desnudez y del rebajamiento (Flp 2,5-8).

La visita del Señor a su pueblo había sido anunciada de antemano con insistencia; no había dudas sobre su venida. Seguía siendo un misterio el modo en que aparecería el Señor. Y aquí es donde se manifestó la novedad. No pasó por entre los hombres, sino que se detuvo; no se dirigió a los hombres desde fuera, sino que se hizo humanidad y lo asumió todo desde dentro. Un Dios de los hombres, que habla y actúa en el corazón mismo de la experiencia humana. En nuestro momento histórico, en que se parte cada vez más del hombre, de su descubrimiento, de su significado, de su centralidad, el acontecimiento de la encarnación es un hecho de extraordinaria actualidad. Es la propuesta de Dios que abre a la historia humana dimensiones infinitas. La finitud humana sigue estando siempre disponible a ser signo, incluso de la presencia personal de Dios. A pesar de seguir siendo el totalmente Otro, Dios se ha hecho hombre y hay que buscarlo por tanto en la realidad de los hombres. La historia de la salvación está dominada y caracterizada por una opción desconcertante de Dios: la encarnación. Todo el misterio cristiano está bajo el signo del Dios-hombre. Por eso la solemnidad litúrgica de la Anunciación del Señor no es solamente el comienzo, sino la clave de lectura y de comprensión de todo lo que viene después. La exaltación de Jesús, que hace de él el Señor para siempre, no tiene que atenuar nunca el misterio del hombre Jesús, ya que "cuando vino la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para que... recibiésemos la adopción de hijos" (Gál 4,4-5).



II. Datos históricos y teológicos de la celebración

Parece ser que no existe ninguna mención cierta de una celebración del día de la Anunciación hasta el X concilio de Toledo (año 656). Este concilio no habla tampoco de modo explícito de una fiesta de la Anunciación; constata que la madre del Verbo no tiene todavía una fiesta que se celebre en todas partes el mismo día. En España hay una gran festivitas gloriosae Matris, pero se fija en días diferentes. Entre estas fechas está la del 25 de marzo, pero hay también otras, por ejemplo durante el adviento. Parece ser que se encontraban frente a una fiesta de la maternidad virginal, vinculada estrechamente bien con la concepción de Jesús (25 de marzo), bien con su nacimiento (tiempo de adviento).

Es probable que ya en el s. iv, en Palestina, hubiera una fiesta en la que se celebrase la encarnación y consiguientemente la anunciación. Efectivamente, se sabe que santa Elena edificó una gran basílica sobre el lugar donde la tradición situaba la casa y la gruta de la Virgen. Pues bien, en cada basílica se conmemoraba el misterio correspondiente 1.

¿Por qué precisamente la fecha del 25 de marzo? Prescindiendo de su correlación con el día de Navidad, el 25 de marzo es el equinoccio de primavera. Desde los tiempos de Tertuliano había tradiciones que recordaban esta fecha como la de la creación del mundo (también a veces como la de la creación del hombre) y de la concepción de Cristo. Posteriormente se añadió también a ello la conmemoración de la muerte de Cristo. A ello parece aludir igualmente san Agustín. Calculando sobre la simbología de los números, dice que la gestación perfecta comprendería el período exacto de nueve meses y seis días. Esto es lo que se pudo verificar para la perfección del cuerpo de Cristo: "... Sicut a majoribus traditum suspiciens Ecclesiae custodit auctoritas. Octavo enim kalendas apriles [25 de marzo] conceptus creditus, quo et passuss... Natus autem traditur octavo kalendas januarias [25 de diciembre]" (De Trinitate IV, 5,9: PL 42,834). También el Sacramentario Gregoriano preadriano (edición Mohlberg) refiere: "... VIII kalendas apriles Adnunciacio Sanctae Dei Genitricis et Passio ejusdem Domini".

Hay que distinguir con cuidado entre la fiesta de la Anunciación como recuerdo festivo del hecho y la fiesta del 25 de marzo. En la iglesia existió siempre la primera, al menos desde los tiempos de la institución de Navidad, de la que es inseparable. En el s. v tenemos algunos sermones natalicios de san Pedro Crisólogo y de san León Magno; algunos de ellos tienen como objeto directo no ya el nacimiento de Cristo, sino el anuncio del ángel. También el himno / Akáthistos fue compuesto para la fiesta de la Anunciación.

En los últimos siglos la denominación oficial de la fiesta ha sido: "Annuntiatio b. Mariae Virginis". En la época más antigua se usaban además otras expresiones, como: "Annuntiatio angeli ad b. Mariam Virgiñem". Pero sobre todo se hace mención de Jesús, ya que la fiesta más antigua debió ser en recuerdo del Señor. He aquí algunos títulos: "Annuntiatio Domini", "Annuntiatio Christi" e incluso "Conceptio Christi". Pero la referencia intensa a María hizo que ya desde muy antiguo fuese una fiesta en honor de la Virgen.

La gran variedad de' fechas va ligada a la concepción del año litúrgico y eclesiástico. En oriente no había una idea muy rígida en este sentido; por ello las fiestas de los santos y las de la Virgen estaban esparcidas a lo largo de todo el año. En occidente, por el contrario, sobre todo en España, no solían celebrarse fiestas de santos durante el período cuaresmal. De aquí la decidida fijación de la fecha de la Anunciación el día 18 de diciembre, en pleno período de adviento. En Roma fueron más posibilistas. El antiguo Misal Gelasiano y el Gregoriano tienen la fiesta de la Anunciación el 25 de marzo, lo mismo que en oriente. En la liturgia de las témporas de adviento se recuerda la anunciación. Y se introduce tardíamente, el 18 de diciembre, una festividad denominada "Expectatio partus". En estos últimos siglos se llega a una homogeneidad en la fecha de la Anunciación, el 25 de marzo.

Con la reforma litúrgica posterior al concilio Vat II la festividad ha recobrado su nombre más verdadero, debido a una profunda motivación teológica: Anunciación del Señor. Efectivamente, el concilio recuerda la verdadera raíz de toda la grandeza y del carácter único de la persona y de la misión de María: su relación con Cristo (LG 67) [/ Año litúrgico].
http://www.mercaba.org/DicMA/A/anunciacion_domini.htm
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ALÉGRATE MARÍA , EL SEÑOR ESTÁ CONTIGO Y VIENE A MORAR DENTRO DE TÍ !


HOMILÍA DEL PAPA BENEDICTO XVI 
 DURANTE LA MISA CELEBRADA EN LA PARROQUIA ROMANA 
 DE NUESTRA SEÑORA DE LA CONSOLACIÓN

Domingo 18 de diciembre de 2005
Queridos hermanos y hermanas:

"...La primera palabra que quisiera meditar con vosotros es el saludo del ángel a María. En la traducción española el ángel dice:  "Te saludo, María". Pero la palabra griega original —"Kaire"— significa de por sí "Alégrate". Y aquí hay un primer aspecto sorprendente:  el saludo entre los judíos era "shalom", "paz", mientras que el saludo en el mundo griego era "Kaire", "Alégrate". Es sorprendente que el ángel, al entrar en la casa de María, saludara con el saludo de los griegos:  "Kaire", "Alégrate". Y los griegos, cuando leyeron este Evangelio cuarenta años después, pudieron ver aquí un mensaje importante: pudieron comprender que con el inicio del Nuevo Testamento, al que se refería esta página de San Lucas, se había producido también la apertura al mundo de los pueblos, a la universalidad del Pueblo de Dios, que ya no sólo incluía al pueblo judío, sino también al mundo en su totalidad, a todos los pueblos. En este saludo griego del ángel aparece la nueva universalidad del Reino del verdadero Hijo de David. 

Pero conviene destacar, en primer lugar, que las palabras del ángel son la repetición de una promesa profética del libro del profeta Sofonías. Encontramos aquí casi literalmente ese saludo. El profeta Sofonías, inspirado por Dios, dice a Israel:  "Alégrate, Hija de Sión; el Señor está Contigo y viene a morar dentro de Ti" (cf. Sf 3, 14). Sabemos que María conocía bien las Sagradas Escrituras.

Su Magníficat es un tapiz tejido con hilos del Antiguo Testamento. Por eso, podemos tener la seguridad de que la Virgen Santísima comprendió en seguida que estas eran las palabras del profeta Sofonías dirigidas a Israel, a la "Hija de Sión", considerada como morada de Dios. 

Y ahora lo sorprendente, lo que hace reflexionar a María, es que esas palabras, dirigidas a todo Israel, se las dirigen de modo particular a Ella, María. Y así entiende con claridad que precisamente Ella es la "Hija de Sión", de la que habló el profeta y que, por consiguiente, el Señor tiene una intención especial para Ella; que Ella está llamada a ser la verdadera morada de Dios, una morada no hecha de piedras, sino de carne viva, de un corazón vivo; que Dios, en realidad, la quiere tomar como su verdadero templo precisamente a Ella, la Virgen. ¡Qué indicación! Y entonces podemos comprender que María comenzó a reflexionar con particular intensidad sobre lo que significaba ese saludo. 

Pero detengámonos ahora en la primera palabra: "Alégrate". Es propiamente la primera palabra que resuena en el Nuevo Testamento, porque el anuncio hecho por el ángel a Zacarías sobre el nacimiento de Juan Bautista es una palabra que resuena aún en el umbral entre los dos Testamentos. Sólo con este diálogo, que el ángel Gabriel entabla con María, comienza realmente el Nuevo Testamento. Por tanto, podemos decir que la primera palabra del Nuevo Testamento es una invitación a la alegría:  "Alégrate". El Nuevo Testamento es realmente "Evangelio", "buena noticia" que nos trae alegría. Dios no está lejos de nosotros, no es desconocido ni enigmático. Dios está cerca de nosotros, tan cerca que se hace niño, y podemos tratar de "Tú" a este Dios. 

El mundo griego, sobre todo, percibió esta novedad; sintió profundamente esta alegría, porque para ellos no era claro que existiera un Dios bueno, o un Dios malo, o simplemente un Dios. La religión de entonces les hablaba de muchas divinidades; por eso, se sentían rodeados por divinidades muy diversas entre sí, opuestas unas a otras, de modo que debían temer que, si hacían algo en favor de una divinidad, la otra podía ofenderse o vengarse. 

Así, vivían en un mundo de miedo, rodeados de demonios peligrosos, sin saber nunca cómo salvarse de esas fuerzas opuestas entre sí. Era un mundo de miedo, un mundo oscuro. Y ahora escuchaban decir:  "Alégrate; esos demonios no son nada; hay un Dios verdadero, y este Dios verdadero es bueno, nos ama, nos conoce, está con nosotros hasta el punto de que se ha hecho carne". Esta es la gran alegría que anuncia el cristianismo. Conocer a este Dios es realmente la "buena noticia", una palabra de redención. 

Tal vez a nosotros, los católicos, que lo sabemos desde siempre, ya no nos sorprende; ya no percibimos con fuerza esta alegría liberadora. Pero si miramos al mundo de hoy, donde Dios está ausente, debemos constatar que también el hombre está dominado por los miedos, por las incertidumbres:  ¿es un bien ser hombre, o no?, ¿es un bien vivir, o no? ¿es realmente un bien existir?, ¿o tal vez todo es negativo? Y, en realidad, viven en un mundo oscuro, necesitan anestesias para poder vivir.

Así, la palabra: "Alégrate, porque Dios está contigo, está con nosotros", es una palabra que abre realmente un tiempo nuevo. Amadísimos hermanos, con un acto de fe debemos acoger de nuevo y comprender en lo más íntimo del corazón esta palabra liberadora:  "Alégrate". 

Esta alegría que hemos recibido no podemos guardarla sólo para nosotros. La alegría se debe compartir siempre. Una alegría se debe comunicar. María corrió inmediatamente a comunicar su alegría a su prima Isabel. Y desde que fue elevada al Cielo distribuye alegrías en todo el mundo; se ha convertido en la gran Consoladora, en nuestra Madre, que comunica alegría, confianza, bondad, y nos invita a distribuir también nosotros la alegría. 

Este es el verdadero compromiso del cristiano:  llevar la alegría a los demás (...).  Esta alegría podemos comunicarla de un modo sencillo: con una sonrisa, con un gesto bueno, con una pequeña ayuda, con un perdón. Llevemos esta alegría, y la alegría donada volverá a nosotros. En especial, tratemos de llevar la alegría más profunda, la alegría de haber conocido a Dios en Cristo. Pidamos para que en nuestra vida se transparente esta presencia de la alegría liberadora de Dios.

La segunda palabra que quisiera meditar la pronuncia también el ángel:  "No temas, María", le dice. En realidad, había motivo para temer, porque llevar ahora el peso del mundo sobre Sí, ser la Madre del Rey universal, ser la Madre del Hijo de Dios, constituía un gran peso, un peso muy superior a las fuerzas de un ser humano. Pero el ángel le dice:  "No temas. Sí, Tú llevas a Dios, pero Dios te lleva a Ti. No temas". 

Esta palabra, "No temas", seguramente penetró a fondo en el Corazón de María. Nosotros podemos imaginar que en diversas situaciones la Virgen recordaría esta palabra, la volvería a escuchar. En el momento en que Simeón le dice:  "Este Hijo tuyo será un signo de contradicción y una espada te traspasará el Corazón", en ese momento en que podía invadirla el temor, María recuerda la palabra del ángel, vuelve a escuchar su eco en su interior:  "No temas, Dios te lleva". 

Luego, cuando durante la vida pública se desencadenan las contradicciones en torno a Jesús, y muchos dicen:  "Está loco", Ella vuelve a escuchar:  "No temas" y sigue adelante. Por último, en el encuentro camino del Calvario, y luego al pie de la Cruz, cuando parece que todo ha acabado, Ella escucha una vez más la palabra del ángel:  "No temas". Y así, con entereza, está al lado de su Hijo moribundo y, sostenida por la fe, va hacia la Resurrección, hacia Pentecostés, hacia la fundación de la nueva familia de la Iglesia. 

"No temas". María nos dice esta palabra también a nosotros. Ya he destacado que nuestro mundo actual es un mundo de miedos: miedo a la miseria y a la pobreza, miedo a las enfermedades y a los sufrimientos, miedo a la soledad y a la muerte. En nuestro mundo tenemos un sistema de seguros muy desarrollado:  está bien que existan. Pero sabemos que en el momento del sufrimiento profundo, en el momento de la última soledad, de la muerte, ningún seguro podrá protegernos. El único seguro válido en esos momentos es el que nos viene del Señor, que nos dice también a nosotros:  "No temas, Yo estoy siempre contigo". Podemos caer, pero al final caemos en las manos de Dios, y las manos de Dios son buenas manos.

La  tercera  palabra:  al  final del coloquio, María responde al ángel:  "He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra". María anticipa así la tercera invocación del Padre nuestro "Hágase tu Voluntad". Dice "sí" a la Voluntad de Dios, una Voluntad aparentemente demasiado grande para un ser humano. María dice "sí" a esta Voluntad divina; entra dentro de esta Voluntad; con un gran "sí" inserta toda su existencia en la Voluntad de Dios, y así abre la puerta del mundo a Dios. Adán y Eva con su "no" a la Voluntad de Dios habían cerrado esta puerta. 

"Hágase la Voluntad de Dios": María nos invita a decir también nosotros este "sí", que a veces resulta tan difícil. Sentimos la tentación de preferir nuestra voluntad, pero Ella nos dice: "¡Sé valiente!, di también tú:  "Hágase tu Voluntad"", porque esta Voluntad es buena. Al inicio puede parecer un peso casi insoportable, un yugo que no se puede llevar; pero, en realidad, la Voluntad de Dios no es un peso. La Voluntad de Dios nos da alas para volar muy alto, y así con María también nosotros nos atrevemos a abrir a Dios la puerta de nuestra vida, las puertas de este mundo, diciendo "sí" a su Voluntad, conscientes de que esta Voluntad es el verdadero Bien y nos guía a la verdadera felicidad. 

Pidamos a María, la Consoladora, nuestra Madre, la Madre de la Iglesia, que nos dé la valentía de pronunciar este "sí", que nos dé también esta alegría de estar con Dios y nos guíe a su Hijo, a la verdadera Vida. Amén.

BIBLIOGRAFÍA




La Anunciación a María
Paul Claudel

Colección: LITERATURA
Materia: LITERATURA
192 páginas
13x21cm.
ISBN: 978-84-7490-854-1

SINOPSIS

Edición aumentada con una variante del acto IV para la escena.

A la vez brutal y religiosa, simbolista y romántica, poética y realista, La Anunciación a María es probablemente la obra más emblemática y popular de su autor. Violaine, la chica hermosa y feliz, Pierre de Craon, el genio constructor y doliente, Anne Vercors, el padre sabio y lejano... Estos y otros personajes se graban en la memoria del lector en una obra llena de fuerza y poesía. Un drama «a la vez humano y sobrehumano», en palabras del autor, «representación de todas las pasiones humanas integradas en el plano católico».

«La Anunciación a María es, objetivamente, una de las mejores obras que se hayan escrito en este siglo. [...] En ella está condensado el genio del cristianismo católico». 
(Luigi Giussani, Mis lecturas)


FILMOGRAFÍA


LA  ANUNCIACIÓN

Oraciones

ANGELUS DOMINI

V.   El ángel del Señor anunció a María.
R.   Y concibió por obra del Espíritu Santo.

Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es Contigo. Bendita eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

V.   He aquí la esclava del Señor.
R.   Hágase en mí según tu palabra.

Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es Contigo. Bendita eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

V.   El Verbo se hizo carne.
R.   Y habitó entre nosotros.

Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es Contigo. Bendita eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
ORACIÓN A DIOS PADRE MISERICORDIOSO
Derrama, Señor, tu gracia en nuestros corazones para que quienes hemos conocido la Encarnación de tu Hijo, por el anuncio del Ángel, lleguemos, por su Pasión y su Cruz, a la gloria de la resurrección. Por Jesucristo nuestro Señor.