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jueves, 22 de junio de 2017

22 DE JUNIO, SANTO TOMÁS MORO


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SU VIDA
Este es uno de los dos grandes mártires de la Iglesia de Inglaterra, cuando un rey impuro quiso acabar con la Religión Católica y ellos se opusieron. El otro es San Juan Fisher (20 de junio). Tomás significa: "el gemelo". Y en verdad que fue un verdadero gemelo en santidad y en cualidades con su compañero de martirio, San Juan Fisher.

Nació Tomás Moro en Cheapside, Inglaterra en 1478. A los 13 años se fue a trabajar de mensajero en la casa del Arzobispo de Canterbury, y éste al darse cuenta de la gran inteligencia del joven, lo envió a estudiar al colegio de la Universidad de Oxford.

Su padre que era juez, le enviaba únicamente el dinero indispensable para sus gastos más necesarios, y esto le fue muy útil, pues como él mismo afirmaba después: "Por no tener dinero para salir a divertirme, tenía que quedarme en casa y en la biblioteca estudiando". Lo cual le fue de gran provecho para su futuro.

A los 22 años ya es doctor en abogacía, y profesor brillante. Es un apasionado lector que todos los ratos libres los dedica a la lectura de buenos libros. Uno de sus compañeros de ese tiempo dio de él este testimonio: "Es un intelectual muy brillante, y a sus grandes cualidades intelectuales añade una muy agradable simpatía".

Le llegaron dudas acerca de cuál era la vocación para la cual Dios lo tenía destinado. Al principio se fue a vivir con los cartujos (esos monjes que nunca hablan, ni comen carne, y rezan mucho de día y de noche) pero después de 4 años se dio cuenta de que no había nacido para esa heroica vocación. También intentó irse de franciscano, pero resultó que tampoco era ese su camino. Entonces se dispuso optar por la vocación del matrimonio. Se casó, tuvo cuatro hijos y fue un excelente esposo y un cariñosísimo papá. Su vocación estaba un poco más allá: su vocación era actuar en el gobierno y escribir libros.

Para con sus hijos, para con los pobres y para cuantos deseaban tratar con él, Tomás fue siempre un excelente y simpático amigo. Acostumbraba ir personalmente a visitar los barrios de los pobres para conocer sus necesidades y poder ayudarles mejor. Con frecuencia invitaba a su mesa a gentes muy pobres, y casi nunca invitaba a almorzar a los ricos. A su casa llegaban muchas visitas de intelectuales que iban a charlar con él acerca de temas muy importantes para esos momentos y a comentar los últimos libros que se iban publicando. Su esposa se admiraba al verlo siempre de buen humor, pasara lo que pasara. Era difícil encontrar otro de conversación más amena.

Tomás Moro escribió bastantes libros. Muchos de ellos contra los protestantes, pero el más famoso es el que se llama Utopía. Esta es una palabra que significa: "Lo que no existe" (U=no. Topos: lugar. Lo que no tiene lugar). En ese libro describe una nación que en realidad no existe pero que debería existir. En su escrito ataca fuertemente las injusticias que cometen los ricos y los altos del gobierno con los pobres y los desprotegidos y va describiendo cómo debería ser una nación ideal. Esta obra lo hizo muy conocido en toda Europa.

El joven abogado Tomás Moro fue aceptado como profesor de uno de los más prestigiosos colegios de Londres. Luego fue elegido como secretario del alcalde de la capital. En 1529 fue nombrado Canciller o Ministro de Relaciones Exteriores. Pero este altísimo cargo no cambió en nada su sencillez. Siguió asistiendo a Misa cada día, confesándose con frecuencia y comulgando. Tratable y amable con todos. Alguien llegó a afirmar: "Parece que lo hubieran elegido Canciller, solamente para poder favorecer más a los pobres y desamparados". Otro añadía: "El rey no pudo encontrar otro mejor consejero que este". Pero Tomás, que conocía bien cómo era Enrique VIII, declaraba con su fino humor: "El rey es de tal manera que si le ofrecen una buena casa por mi cabeza, me la mandará cortar de inmediato".

Ya llevaba dos años como Canciller cuando sucedió en Inglaterra un hecho terrible contra la religión católica. El impúdico rey Enrique VIII se divorció de su legítima esposa y se fue a vivir con la concubina Ana Bolena. Y como el Sumo Pontífice no aceptó este divorcio, el rey se declaró Jefe Supremo de la religión de la nación, y declaró la persecución contra todo el que no aceptara su divorcio o no lo aceptara a él como reemplazo del Papa en Roma. Muchos católicos tendrían que morir por oponerse a todo esto.

Tomás Moro no aceptó ninguno de los terribilísimos errores del malvado rey: ni el divorcio ni el que tratara de reemplazar al Sumo Pontífice. Entonces fue destituido de su alto puesto, le confiscaron sus bienes y el rey lo mandó encerrar como prisionero de la espantosa Torre de Londres. Santo Tomás y San Juan Fisher fueron los dos principales de todos los altos funcionarios de la capital que se negaron a aceptar tan grandes infamias del monarca. Y ambos fueron llevados a la torre fatídica. Allí estuvo Tomás encerrado durante 15 meses.

Verdaderamente hermosas son las cartas que desde la cárcel escribió este gran sabio a su hija Margarita que estaba muy desconsolada por la prisión de su padre. En ellas le dice: "Con esta cárcel estoy pagando a Dios por los pecados que he cometido en mi vida. Los sufrimientos de esta prisión seguramente me van a disminuir las penas que me esperan en el purgatorio. Recuerda hija mía, que nada podrá pasar si Dios no permite que me suceda. Y todo lo permite Dios para bien de los que lo aman. Y lo que el buen Dios permite que nos suceda es lo mejor, aunque no lo entendamos, ni nos parezca así".

El día en que Margarita fue a visitar por última vez a su padre, vieron los dos salir hacia el sitio del martirio a cuatro monjes cartujos que no habían querido aceptar los errores de Enrique VIII. Tomás dijo a Margarita: "Mire cómo van de contentos a ofrecer su vida por Jesucristo. Ojalá también a mí me conceda Dios el valor suficiente para ofrecer mi vida por su santa religión".

Tomás fue llamado a un último consejo de guerra. Le pidieron que aceptara lo que el rey le mandaba y él respondió: "Tengo que obedecer a lo que mi conciencia me manda, y pensar en la salvación de mi alma. Eso es mucho más importante que todo lo que el mundo pueda ofrecer. No acepto esos errores del rey". Se le dictó entonces sentencia de muerte. El se despidió de su hijo y de su hija y volvió a ser encerrado en la Torre de Londres.

En la madrugada del 6 de julio de 1535 le comunicaron que lo llevarían al sitio del martirio, él se colocó su mejor vestido. De buen humor como siempre, dijo al salir al corredor frío: "por favor, mi abrigo, porque doy mi vida, pero un resfriado sí no me quiero conseguir". Al llegar al sitio donde lo iban a matar rezó despacio el Salmo 51: "Misericordia Señor por tu bondad". Luego prometió que rogaría por el rey y sus demás perseguidores, y declaró públicamente que moría por ser fiel a la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Luego enseguida de un hachazo le cortaron la cabeza.

Tomás Moro fue declarado santo por el Papa en 1935. Un sabio decía:

"Este hombre, aunque no hubiera sido mártir,
bien merecía que lo canonizaran, porque su vida fue
un admirable ejemplo de lo que debe ser el
comportamiento de un servidor público:
un buen cristiano y un excelente ciudadano".

http://www.ewtn.com/spanish/saints/Tomás Moro

BIBLIOGRAFÍA


la agonia de cristo-tomas moro-santo tomas moro-9788432132308LA AGONIA DE CRISTO (EN PAPEL)
TOMAS MORO; SANTO TOMAS MORO , 2001
Nº de páginas: 192 págs.
Encuadernación: Tapa blanda
Editorial: RIALP
Lengua: CASTELLANO
ISBN: 9788432132308
Escrita por Tomás Moro poco antes de ser ejecutado, esta obra es un testamento admirable de su autor como humanista y como cristiano. A partir de la contemplación de la Pasión de Cristo, Moro muestra al mundo que el dolor es un ingrediente del amor y la felicidad.




I. SOBRE LA TRISTEZA, AFLICCIÓN, MIEDO Y ORACIÓN DE CRISTO ANTES DE SER
CAPTURADO (MT 26, MC 14, LC 22, LO 18)
Oración y mortificación con Cristo
«Y dicho el himno de acción de gracias, salieron hacia el monte de los Olivos»'. Aunque había
hablado de tantas cosas santas durante la cena con sus Apóstoles, sin embargo, y a punto de
marchar, quiso acabarla con una acción de gracias. ¡Ah!, qué poco nos parecemos a Cristo aunque
llevemos su nombre y nos llamemos cristianos. Nuestra conversación en las comidas no sólo es
tonta y superficial (incluso por esta negligencia advirtió Cristo que deberemos rendir cuenta), sino
que a menudo es también perniciosa, y una vez llenos de comida y bebida dejamos la mesa sin
acordarnos de Dios y sin darle gracias por los bienes que nos ha otorgado. Un hombre sabio y
piadoso, que fue egregio investigador de los temas sagrados y arzobispo de Burgos*, da algunos
argumentos convincentes para mostrar que el himno que Cristo recitó con los Apóstoles consistía en
aquellos seis salmos que los hebreos llaman el «gran aleluya», es decir, el salmo 112 y los cinco
restantes. Es una costumbre antiquísima que han seguido para dar gracias en la fiesta de Pascua y
en otras fiestas importantes. Incluso en nuestros días siguen usando este himno para las mismas
fiestas. Por lo que se refiere a los cristianos, aunque solíamos decir diferentes himnos de bendición y
acción de gracias según las épocas del año, cada uno apropiado a su época, ahora hemos permitido
que casi todos estén en desuso. Nos quedamos tan contentos diciendo dos o tres palabrejas,
cuales-quiera que sean, e incluso ésas las susurramos descui-dadamente y bostezando con
indolencia.
Salieron hacia el monte de los Olivos, y no a la cama. El profeta decía: «En mitad de la noche me
levanté para rendirte homenaje»2, pero Cristo ni siquiera se reclinó sobre el lecho. Ojalá pudiéramos
nosotros, por lo menos, aplicarnos con verdad este otro texto: «Me acordé de ti cuando descansaba
sobre mi cama». Y no era el tiempo veraniego cuando Cristo, después de cenar, se dirigió hacia el
monte. Porque no debía ocurrir todo esto mucho más tarde del equinocio de invierno, y aquella
noche hubo de ser fría, como muestra la circunstancia de que los servidores se calentaban junto a
las brasas en el patio del sumo pontífice. Ni tampoco era ésta la primera vez que Cristo hacía tal
cosa, como claramente atestigua el evangelista al escri-bir secundum consuetudinem, «según su
costumbre»4. Subió a una montaña para rezar, significando así que, al disponernos a hacer oración,
hemos de elevar nuestras mentes del tumulto de las cosas temporales hacia la contemplación de las 
divinas. El mismo monte de los Olivos tampoco carece de misterio, plantado como estaba con olivos.
La rama de olivo era general-mente empleada como símbolo de paz, aquella que Cristo vino a
establecer de nuevo entre Dios y el hom-bre después de tan larga separación. El aceite que se
extrae del olivo representa la unción del Espíritu: Cristo vino y volvió a su Padre con el propósito de
enviar el Espíritu Santo sobre los discípulos, de tal modo que su unción pudiera enseñarles todo
aquello que no hubieran podido sobrellevar si se lo hubiera dicho antes.
«Marchó a la otra parte del torrente Cedrón, a un huerto llamado Getsemaní». Corre el Cedrón entre
la ciudad de Jerusalén y el monte de los Olivos, y el vocablo «Cedrón» significa en lengua hebrea
«tristeza», mientras que «Getsemaní» quiere decir «valle muy fértil» y también «valle de olivos». No
se ha de pensar que es simple casualidad el hecho de que los evangelios recordaran con tanto
cuidado estos nombres. De lo contrario, hubieran considerado suficiente indicar que fue al monte de
los Olivos, a no ser que Dios hubiera escondido bajo estos nombres algunos misteriosos significados
que hombres estudiosos, con la ayuda del Espí-ritu Santo, intentarían descubrir, por el simple hecho
de ser mencionados. Dado que ni una sílaba puede considerarse vana o superflua en un escrito
inspirado por el Espíritu Santo mientras los Apóstoles escribían, y dado el hecho de que ni siquiera
un pájaro cae a tierra fuera del orden querido por Dios, me es imposible pensar que los evangelistas
mencionaran estos nombres de manera fortuita, o bien que los judíos los asignaran a lugares
(cualquiera que fuese su intención al hacerlo) sin un plan escondido del Espíritu Santo, que guardó
en tales nombres un depósito de misterios para que fueran de-senterrados más adelante.
«Cedrón» significa tanto «tristeza» como «negrura u oscuridad», y da nombre no sólo al torrente
mencionado por los evangelistas, sino también -como consta con claridad- al valle por el que corre el
torrente y que separa a Getsemaní de la ciudad. Así, todos estos nombres evocan a la memoria (a
no ser que nos lo impida ver nuestra somnolencia) la realidad de que mientras estamos distantes del
Señor, como dice el Apóstol6, y antes de llegar al monte fructífero de los Olivos y a la agradable finca
de Getsemaní -cuyo aspecto no es triste y áspero, sino fértil en toda clase de alegrías-, debemos
cruzar el valle y la corriente del Cedrón. Un valle de lágrimas y un torrente de tristeza, en cuyas
aguas puedan limpiarse la suciedad y negrura de nues-tros pecados. Mas, si cansados y abrumados
con dolor y llanto intentamos perversamente cambiar este mundo, este lugar de trabajo y de
sacrificio, en puerto de frívolo descanso; si buscamos el paraíso en la tierra, entonces nos apartamos
y huimos para siempre de la verdadera felicidad, y buscaremos la penitencia cuando ya es
demasiado tarde, y nos veremos además envuel-tos en tribulaciones intolerables e interminables.
Esta es la lección saludable de la que estos nombres nos advierten, tan oportunamente escogidos
están. Y como las palabras de la Sagrada Escritura no están atadas a un solo sentido, sino cargadas
con otros misterio-sos, estos nombres de lugares armonizan bien con la historia de la Pasión de
Cristo. Parece como si sólo por esta razón la eterna providencia de Dios se hubiera cui-dado de que
esos lugares recibieran tales nombres, que serían, siglos después, señales anunciadoras de su
Pasión. El que «Cedrón» signifique «ennegrecido», ¿no parece querer recordar aquella predicción
del profeta sobre Cristo, anunciando que entraría en su gloria por un suplicio ignominioso, y que
quedaría desconocido por las contusiones y los cardenales, la sangre, los es-cupitajos y la suciedad
hasta tal grado que «no hay forma ni belleza en su rostro»?7. Y que el nombre del torrente que cruzó
no en vano significa «triste» es algo que el mismo Cristo atestiguó al decir: «Mi alma está triste con
tristeza de muerte.» «Y le siguieron también sus discípulos», es decir, los once que habían quedado
con Él. El diablo había entrado en el otro Apóstol después de cenar, y afuera también éste marchó,
mas no para seguir como discípulo al maestro, sino para perseguirle, como un traidor. Bien se
cumplían en él aquellas palabras de Cristo: «El que no está conmigo está en contra de mí»8. En
contra de Cristo ciertamente estaba porque en ese mismo momento tramaba insidias para atraparle,
mientras el resto de los discípulos le seguían para rezar. Sigamos nosotros a Cristo y supliquemos al
Padre con Él. No imite-mos la conducta de Judas, abandonando a Cristo después de haber
participado de sus favores y haber cenado espléndidamente con Él, para que no caiga so-bre
nosotros aquella profecía: «Si veías al ladrón te ibas con él»9.
«Judas, que le entregaba, conocía bien el sitio por-que solía Jesús retirarse muchas veces a él con
sus dis-cípulos»'°. Una vez más los evangelistas aprovechan la ocasión -al mencionar al traidor- para
subrayar, y así grabar en nosotros, aquella santa costumbre de Cristo de retirarse con sus discípulos
para hacer oración. Si hubiera ido allí únicamente algunas veces y no frecuentemente, no hubiera
estado el traidor tan seguro como estaba de encontrar allí al Señor, hasta el punto de llevar a los
servidores del sumo sacerdote y a la cohorte de soldados romanos, como si todo se hubiera
acordado de antemano. Caso de que hubieran visto que no estaba todo previsto, hubieran juzgado
que Judas se burlaba de ellos, y no le habrían dejado marchar im-pune. Y yo me pregunto: ¿dónde
están esos que se creen grandes hombres y se glorían de sí mismos como si hi-cieran algo
extraordinario cuando, en las vigilias de algunas fiestas importantes, prolongan un poco más la
oración en la noche o se levantan temprano para la oración de la mañana? Cristo, nuestro Salvador,
tenía como costumbre pasar noches enteras en oración, sin dormir. ¿Dónde están los que le
llamaban glotón porque no rechazaba la invitación a los banquetes de los publicanos ni despreciaba 
a los pecadores? ¿Dónde están aquellos que juzgando su moral con rigidez farisaica no la
consideraban mejor que la moral de la chusma?
Mientras tristes y amargados rezaban los hipócritas en las esquinas de las plazas para ser vistos por
los hom-bres, Él, apacible y amable, almorzaba con pecadores para ayudarles a cambiar sus vidas.
Y, además, solía pasar la noche rezando al descubierto, bajo el cielo, mientras el fariseo hipócrita
roncaba a pierna suelta en la blandura de su lecho. ¡Ojalá aquellos de nosotros que, esclavizados en
tal forma por la pereza no podemos imitar este ejemplo de nuestro Salvador, tuviéramos, por lo
menos, el deseo de traer a la memoria -precisamente mientras nos damos la vuelta en la cama
medio dormidos- estas sus noches enteras en oración! Ojalá aprovecháramos esos momentos
mientras esperamos al sueño para dar gracias a Dios, para pedirle más gracias y para condenar
nuestra apatía y pereza. Estoy seguro de que si hiciéramos el propósito de adquirir el hábito e
intentarlo aunque sólo fuera un poco, pero con cons-tancia, en breve tiempo nos concedería Dios dar
un gran paso y aumentar el fruto.


FILMOGRAFIA

Un hombre para la eternidadTítulo original
A Man for All Seasons
Año
1966
Duración
120 min.
País
Reino Unido Reino Unido
Director
Fred Zinnemann
Guion
Robert Bolt (Teatro: Robert Bolt)
Música
Georges Delerue
Fotografía
Ted Moore
Reparto
Paul Scofield,  Wendy Hiller,  Leo McKern,  Robert Shaw,  Orson Welles, Susannah York,  Nigel Davenport,  John Hurt,  Corin Redgrave,  Colin Blakely, Cyril Luckham,  Jack Gwillim,  Thomas Heathcote,  Yootha Joyce,  Anthony Nicholls, John Nettleton,  Eira Heath,  Molly Urquhart,  Paul Hardwick,  Michael Latimer, Philip Brack,  Martin Boddey,  Eric Mason,  Matt Zimmerman,  Vanessa Redgrave
Productora
Columbia Pictures
Género
Drama | Histórico. Siglo XVI. Política. Religión. Biográfico
Sinopsis
Para divorciarse de su esposa Catalina de Aragón (hija de los Reyes Católicos y tía del emperador Carlos V) y contraer matrimonio con Ana Bolena, Enrique VIII (1509-1547) trata de obtener el apoyo de la aristocracia y del clero. Sir Thomas Moro, uno de los más notables humanistas europeos ("Utopía", 1516), ferviente católico y hombre de confianza del monarca, se encuentra en una encrucijada: ¿debe actuar de acuerdo con su conciencia, arriesgándose a ser tachado de traidor y ejecutado, o debe ceder ante un rey que no tiene ningún reparo en adaptar la ley a sus necesidades? (FILMAFFINITY)


ORACIÓN

Oración del buen humor
Autor: Santo Tomas Moro, mártir, patrón de los políticos.

Concédeme, Señor, una buena digestión,
y también algo que digerir.

Concédeme la salud del cuerpo,
con el buen humor necesario para mantenerla.

Dame, Señor, un alma santa que sepa aprovechar
lo que es bueno y puro, para que no se asuste ante
el pecado, sino que encuentre el modo de poner
las cosas de nuevo en orden.

Concédeme un alma que no conozca el aburrimiento,
las murmuraciones, los suspiros y los lamentos y no
permitas que sufra excesivamente por ese ser tan
dominante que se llama: YO.

Dame, Señor, el sentido del humor.
Concédeme la gracia de comprender las bromas,
para que conozca en la vida un poco de alegría y
pueda comunicársela a los demás.

Así sea.

miércoles, 15 de junio de 2016





Breve biografía de san Josemaría Escrivá de Balaguer, por José Luis Illanes

En su predicación, san Josemaría Escrivá de Balaguer –son palabras, pronunciadas por Juan Pablo II el 6 de octubre de 2002, durante la solemne Misa de canonización– no cesaba de “invitar a que la vida interior, es decir, la vida de relación con Dios, y la vida familiar, profesional y social, hecha de pequeñas realidades terrenas, no estuvieran separadas, sino que constituyeran una única existencia ‘santa y llena de Dios’”. Estas afirmaciones constituyen un buen resumen del mensaje de san Josemaría y, a la vez, de su figura, ya que mensaje, actividad sacerdotal y figura humana estuvieron en él fundidas en unidad.


ÉPOCA DE BARBASTRO Y LOGROÑO




San Josemaria con sus hermanos, Santiago y Carmen.



Josemaría Escrivá de Balaguer y Albás nació en Barbastro (Huesca, España) el 9 de enero de 1902. Su familia entronca, por ambas ramas, con la tradición cultural y cristiana de España, así como con la personalidad y las tradiciones de Aragón. Recibió de sus padres –José Escrivá y Corzán y María de los Dolores Albás y Blanc– un claro ejemplo de fe y de piedad recias y sinceras. En Barbastro fue bautizado y allí completó su iniciación cristiana. Fue alumno del Colegio de los PP. Escolapios de Barbastro, donde cursó la enseñanza primaria y comenzó los estudios de Bachillerato, que terminó en el Instituto Nacional de Logroño, donde se había trasladado la familia en 1915.


José Escrivá y Dolores Albás tuvieron una primera hija, Carmen, nacida en 1899, a la que siguió Josemaría y luego otras tres hermanas. Los inicios de la década de 1910 constituyeron un periodo de prueba para la familia, marcado por el fallecimiento de las tres hijas menores y un fuerte revés económico que provocó la marcha desde Aragón a la cercana Rioja. Todo esto dejó huella en Josemaría, pero no agrió su carácter. Siguió siendo un joven espontáneo y abierto, que proseguía con aplicación sus estudios. A la edad de 16 años, al contemplar, en un día de crudo invierno, las huellas dejadas por un carmelita descalzo al caminar por las calles nevadas de Logroño, sintió como un aldabonazo en lo más profundo de su alma.

Comenzó entonces a sentir que Dios quería algo de él, pero no sabía lo que era. En esa tesitura decidió abandonar los proyectos profesionales que había venido considerando –estudiar Arquitectura–, para hacerse sacerdote, persuadido de que así podría ser instrumento plenamente disponible para el cumplimiento del querer de Dios. Siguió un largo periodo de fe y de oración intensas, pidiendo a Dios que le manifestara ese querer que había barruntado, pero sin alcanzar todavía a percibirlo del todo. Domine, ut videam! (¡Señor, que vea!) Domine ut sit!, Domina, ut sit! (¡Señor, que sea! ¡Señora, que sea!) fueron durante años jaculatorias, repetidas de continuo, bien expresivas de su vida de oración y de su firme determinación de poner por obra lo que Dios quisiera.

ZARAGOZA: ORDENACIÓN SACERDOTAL
En 1918 inició los estudios eclesiásticos, como alumno externo, en el Seminario de Logroño, y los prosiguió a partir de 1920 –ya como alumno interno– en Zaragoza, residiendo en el Seminario de San Francisco de Paula y acudiendo a las aulas del seminario conciliar, que tenía en aquel momento rango de Universidad Pontificia. En 1922 el Cardenal Arzobispo de Zaragoza, don Juan Soldevila, que apreció pronto sus cualidades espirituales y humanas, le confirió el cargo de Inspector en el Seminario de San Francisco de Paula, en el que vino por tanto a ejercer durante años funciones de Superior. Junto a su formación teológica, se cimentó su formación espiritual, con la frecuente lectura de clásicos de la literatura espiritual y sobre todo con su personal oración: más de una noche pasó largas horas ante el Sagrario de la iglesia del Seminario, en diálogo íntimo y confiado con el Señor, y sus visitas a la Virgen del Pilar, tan unida a la piedad zaragozana, fueron prácticamente diarias.

San Josemaria en 1922


San Josemaria en el seminario de Zaragoza, en 1922.

Ya avanzados los estudios teológicos y obtenida la oportuna autorización de sus superiores, comenzó en 1923 los estudios de Derecho Civil en la Universidad de Zaragoza, que cursó aprovechando, primero, los periodos de vacaciones estivales y, después, el tiempo del que le permitieron disponer sus ocupaciones pastorales. La realización de los estudios de Derecho obedecía a un deseo manifestado por su padre, años atrás, cuando le dio a conocer la decisión de hacerse sacerdote. Su presencia en las aulas de la Facultad de Derecho y el trato con profesores y alumnos de ese centro docente, constituyeron, sin duda, una experiencia que contribuyó a enriquecer su personalidad y a prepararle para la orientación que posteriormente debería dar a su vida y a su actividad.

Ordenado diácono el 20 de diciembre de 1924, recibió el presbiterado el 28 de marzo de 1925. Poco antes de la consagración sacerdotal, en noviembre de 1924, falleció su padre. La familia –su madre, su hermana Carmen y un hermano pequeño, Santiago, nacido en 1919– dejó Logroño para trasladarse a Zaragoza, quedando en gran parte a su cargo. Josemaría inició su ministerio sacerdotal en la parroquia de Perdiguera (de la diócesis de Zaragoza), y lo continuó luego en Zaragoza.

MADRID: LA FUNDACIÓN DEL OPUS DEI
Completada la Licenciatura en Derecho, el deseo de proseguir esos estudios hasta la obtención del Doctorado –reservado entonces a la Universidad de Madrid, que tenía la condición de Universidad Central– le llevaron, unido a otros factores, a trasladarse, junto con su familia, a la capital de España. En la primavera de 1927 se instaló en Madrid, en donde desarrolló una incansable labor sacerdotal de atención a pobres y desvalidos de los barrios extremos, y en especial a los incurables y moribundos de los hospitales de Madrid. Se hizo cargo de la capellanía del Patronato de Enfermos, labor asistencial de las Damas Apostólicas del Sagrado Corazón. La preparación de miles de niños para la primera Confesión y la primera Comunión y los recorridos por las barriadas populares de un Madrid en plena expansión, con los problemas sociales consiguientes, le ocuparon muchas horas en una intensa dedicación al ejercicio del ministerio. La necesidad de allegar fondos para sostener a su familia –en situación económica muy precaria–, le llevó a ser profesor en una academia universitaria, especializada en los estudios jurídicos. Todo esto, unido a una oración, mortificación y penitencia perseverantes, hizo que aquellos años constituyeran una verdadera “prehistoria” del Opus Dei, es decir, un periodo de profundización espiritual que le preparaba para acoger lo que Dios se disponía a manifestarle.

El 2 de octubre de 1928, durante unos ejercicios espirituales, el Señor le mostró con claridad lo que hasta ese momento había solo barruntado. Nació así el Opus Dei, como realidad marcada a fuego en el alma de un joven sacerdote que dedicó desde entonces a ese fin todas sus energías. En un primer momento, la natural humildad y una cierta prevención ante el proliferar de fundaciones, le llevó a preguntarse si no existiría ya una institución que realizara los ideales que Dios le había mostrado. No obstante, desde el mismo 2 de octubre, comenzó a buscar quienes pudieran entenderlo. Pronto percibió sin embargo que no había nada que correspondiera a lo que Dios deseaba de él. Movido siempre por el Señor, el 14 de febrero de 1930 comprendió que debía extender el apostolado del Opus Dei también entre las mujeres.

Se abría así en la Iglesia un nuevo camino, dirigido a promover, entre personas de todas las clases sociales, la búsqueda de la santidad y el ejercicio del apostolado, mediante la santificación del trabajo ordinario, en medio del mundo y sin cambiar de estado. Fue también en 1930 cuando, el comentario incidental de una de las personas con las que hablaba (“¿cómo va esa obra de Dios?”) le llevó a pensar que ese podría ser el nombre de la empresa apostólica que estaba llamado a promover. La expresión “Obra de Dios” ponía de manifiesto, de una parte, su profunda convicción de estar cumpliendo un querer divino, a la par que expresaba muy bien su contenido: vida ordinaria, trabajo profesional, convertido, por la oración y la entrega personales, en obra de Dios, en Opus Dei, trabajo hecho cara a Dios y en servicio de todos los hombres.

El núcleo del mensaje transmitido por el fundador del Opus Dei fue, sin duda, el anuncio de la llamada universal a la santidad en el ejercicio del trabajo profesional ordinario. Treinta años antes del Concilio Vaticano II, hablando de la plenitud de la vida cristiana, formulaba con sobrenatural audacia este juicio: “Tienes obligación de santificarte. —Tú también. —¿Quién piensa que ésta es labor exclusiva de sacerdotes y religiosos? A todos, sin excepción, dijo el Señor: ‘Sed perfectos, como mi Padre Celestial es perfecto’” (Camino, n. 291). La llamada universal a la santidad en el propio trabajo no supone –lo repitió muchas veces– una disminución de las exigencias y de los horizontes que evoca, en la conciencia cristiana, el vocablo “santidad”. Al contrario, implica recordar a todos y a cada uno de los hijos e hijas de la Iglesia que a todos ellos, estén donde estén, sea cuales sean sus cualidades, les están dirigidas las palabras del Evangelio, la invitación a seguir a Cristo que deriva del Bautismo. La plenitud de vida cristiana habrá de alcanzarla, por tanto, el fiel corriente en el lugar y condición que tiene en la sociedad terrena, haciendo de su trabajo ordinario –a imitación de la vida oculta de Cristo– ocasión de santidad y de servicio a Dios y a sus hermanos.

Ese fue el mensaje que, desde el 2 de octubre de 1928, difundió el fundador del Opus Dei y el que fue atrayendo a su alrededor un grupo de personas, pequeño en los primeros momentos, pero destinado a crecer. Mientras tanto el contexto social en que se desarrollaba la vida de san Josemaría experimentaba cambios y tensiones. La situación económica familiar siguió siendo difícil. También cambiaron sus encargos pastorales. En 1931 dejó el Patronato de Enfermos y asumió la función, primero de capellán y después, en 1934, de rector del Patronato de Santa Isabel. Allí, en la sacristía de Santa Isabel, después de un oración personal especialmente viva, puso por escrito lo que fue una de sus primeras obras: unos comentarios a los misterios del Rosario, que, con algunos retoques, fueron publicados, en 1934, con el título de Santo Rosario. Desde muy pronto (1930) recogió en algunos cuadernos conclusiones o retazos de su oración personal, con experiencias surgidas de su labor apostólica. Reuniendo algunos de esos apuntes íntimos, compuso en 1932 un colección de pensamientos o puntos de meditación a los que puso por título Consideraciones espirituales; publicados a multicopista y posteriormente (1934) a imprenta, constituyeron un apoyo eficaz para su apostolado y el de quienes le seguían. Revisados y completados con otros, esos puntos de meditación dieron lugar a una de sus obras más conocidas: Camino, que, publicada por primera vez en 1939, ha sido traducida a numerosos idiomas, alcanzado una tirada que supera los cuatro millones y medio de ejemplares.
Vida de san Josemaría/ISSJ


EL SANTO DE LO ORDINARIO

http://www.opusdei.es/es-es/article/biografia-de-san-josemaria-2/


BIBLIOGRAFÍA


Libros sobre el Fundador del Opus Dei:
Portada de El Fundador del Opus Dei. I. ¡Señor, que vea!Opus Dei - “El Fundador del Opus Dei”
El Fundador del Opus Dei”

Biografía completa, escrita por Vázquez de Prada, que considera el punto de vista del biografiado, al hilo de sus propios documentos. Editado en Rialp.
 EL FUNDADOR DEL OPUS DEI. I. ¡SEÑOR, QUE VEA! (8ª Ed.) Andrés Vázquez de Prada. Rialp.
 EL FUNDADOR DEL OPUS DEI. II. DIOS Y AUDACIA. Andrés Vázquez de Prada. Rialp.
 EL FUNDADOR DEL OPUS DEI. III. LOS CAMINOS DIVINOS DE LA TIERRA (2ª Ed.) Andrés Vázquez de Prada. Rialp.


Libros de San Josemaría


FILMOGRAFÍA


Encontrarás dragones
Título original
There Be Dragons
Año
2011
Duración
120 min.
País
Estados Unidos Estados Unidos
Director
Roland Joffé
Guión
Roland Joffé
Música
Stephen Warbeck
Fotografía
Gabriel Beristain
Reparto
Charlie Cox, Wes Bentley, Dougray Scott, Unax Ugalde, Olga Kurylenko, Pablo Lapadula, Golshifteh Farahani, Ana Torrent, Alfonso Bassave, Jordi Mollà, Rodrigo Santoro, Geraldine Chaplin, Charles Dance, Juan Cruz Rolla, Alejandro Casaseca, Yaiza Guimare, Jan Cornet, Derek Jacobi, Lito Cruz, Lily Cole, Carlos Leal, Rusty Lemorande
Productora
Coproducción USA-España-Argentina; Mount Santa Fe / Samuel Goldwyn Films
Género
Drama | Guerra Civil Española. Basado en hechos reales. Religión
Web oficial
http://www.therebedragonsfilm.com/
Sinopsis
Robert, un joven periodista que vive y trabaja en Londres, descubre la relación que unió, desde la niñez, a su padre con el sacerdote José María Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, fallecido en 1975. (FILMAFFINITY)

martes, 3 de mayo de 2016

12 de mayo, BEATO ÁLVARO DEL PORTILLO

Biografía del beato Álvaro del Portillo

Álvaro del Portillo nació en Madrid (España) el 11 de marzo de 1914, tercero de ocho hermanos, en una familia cristiana. Era Doctor Ingeniero de Caminos y Doctor en Filosofía y en Derecho Canónico. Su fiesta se celebra el 12 de mayo.

En 1935 se incorporó al Opus Dei, fundado por san Josemaría Escrivá de Balaguer el 2 de octubre de 1928. Vivió con fidelidad plena la vocación al Opus Dei, mediante la santificación del trabajo profesional y el cumplimiento de los deberes ordinarios, y desarrolló una amplísima actividad apostólica entre sus compañeros de estudio y con los colegas de trabajo.

Muy pronto se convirtió en la ayuda más firme de San Josemaría, y permaneció a su lado durante casi cuarenta años, como su colaborador más próximo.


El 25 de junio de 1944 fue ordenado sacerdote. Desde entonces se dedicó enteramente al ministerio pastoral, en servicio de los miembros del Opus Dei y de todas las almas.

En 1946 fijó su residencia en Roma, junto a San Josemaría. Su servicio infatigable a la Iglesia se manifestó, además, en la dedicación a los encargos que le confirió la Santa Sede como consultor de varios Dicasterios de la Curia Romana y, especialmente, mediante su activa participación en los trabajos del Concilio Vaticano II.

Primer sucesor de san Josemaría


El 15 de septiembre de 1975 fue elegido primer sucesor de San Josemaría. El 28 de noviembre de 1982, al erigir la Obra en Prelatura Personal, el Santo Padre Juan Pablo II le nombró Prelado del Opus Dei, y el 6 de enero de 1991 le confirió la ordenación episcopal.

Toda la labor de gobierno del Siervo de Dios se caracterizó por la fidelidad al Fundador y su mensaje, en un trabajo pastoral incansable para extender los apostolados de la Prelatura, en servicio de la Iglesia.

Su entrega al cumplimiento de la misión recibida, siguiendo las enseñanzas de San Josemaría, hundía sus raíces en un hondo sentido de la filiación divina, fruto de la acción del Espíritu Santo, que le llevaba a buscar la identificación con Cristo en un abandono confiado a la voluntad de Dios Padre, constantemente alimentado por la oración, la Eucaristía y una tierna devoción a la Santísima Virgen.

Su amor a la Iglesia se manifestaba por su profunda comunión con el Papa y los Obispos. Su caridad con todos, la solicitud infatigable por sus hijas e hijos en el Opus Dei, la humildad, la prudencia y la fortaleza, la alegría y la sencillez, el olvido de sí y el ardiente afán de ganar almas para Cristo, reflejado también en el lema episcopal —Regnare Christum volumus!—, junto con la bondad, la serenidad y el buen humor que irradiaba su persona, son rasgos que componen el retrato de su alma.

En la madrugada del 23 de marzo de 1994, pocas horas después de regresar de una peregrinación a Tierra Santa, donde había seguido con intensa piedad los pasos terrenos de Jesús, desde Nazaret al Santo Sepulcro, el Señor llamó a Sí a este siervo suyo bueno y fiel. La mañana precedente había celebrado su última Misa en el Cenáculo de Jerusalén.

El mismo día 23 de marzo, el Santo Padre Juan Pablo II acudió a rezar ante sus restos mortales, que ahora reposan en la Cripta de la Iglesia Prelaticia de Santa María de la Paz —viale Bruno Buozzi, 75, Roma—, continuamente acompañados por la oración y el cariño de los fieles del Opus Dei y de millares de personas.

Fue beatificado en Madrid el 27 de septiembre de 2014. Su fiesta se celebra el 12 de mayo.


Biografía del Beato Álvaro del Portillo

CAPÍTULO II

Instaurar el Reino de Dios, por Jesucristo, en el Espíritu Santo

Se abre el capítulo segundo con otras dos expresiones características del Fundador
del Opus Dei, que don Álvaro ilustra ampliamente. En la primera se afirma que, para
dar a Dios toda la gloria, es preciso poner a Cristo en la cumbre de las actividades
humanas: Regnáre Christum vólumus! Son palabras que Mons. del Portillo escogió
como lema de su escudo episcopal, al ser consagrado obispo por el Papa Juan Pablo II.
Y se llega al reinado efectivo de Cristo sólo caminando en el seno de la Iglesia, bajo el
impulso del Espíritu Santo. De ahí la otra expresión fundacional de san Josemaría, que
los textos de don Álvaro desarrollan en este capítulo: omnes cum Petro ad Iesum per
Maríam, todos hemos de ir, con Pedro, a Jesús por María. En este contexto se sitúan
sus enseñanzas sobre los sacramentos y sobre el alma sacerdotal de todos los
cristianos, fruto del Bautismo, que nos procura la identificación con Cristo bajo la
acción del Espíritu Santo, con la intercesión de la Santísima Virgen.

Omnes cum Petro. La Iglesia hace presente el Reino en la tierra

44 El Romano Pontífice es el fundamento del edificio espiritual de la Iglesia. Y las
puertas del infierno —aseguró el Señor— no prevalecerán contra ella (Mt 16, 18). La

barca de Pedro, tantas veces azotada por los vientos y las tempestades, no puede

hundirse porque Jesucristo va en ella. La nave de Pedro es la de Jesús, el Hijo de Dios

vivo. Y nosotros hemos de servir a la Iglesia Santa con toda nuestra alma (...), porque

Cristo nos ha llamado para que ayudemos a la edificación de su Iglesia. Esa

construcción la lleva adelante el Señor con la correspondencia y la colaboración de

todos los cristianos, pero es Jesucristo quien acrecienta constantemente su Cuerpo

místico, su Pueblo elegido. Vamos a decirle al Señor que sí, que queremos ser fieles. Esta lealtad nos llevará a no separarnos del cimiento, de Pedro, porque entonces el templo de Dios que es cada uno de nosotros se arruinaría. Es imprescindible la unión con la Persona y el Magisterio del Romano Pontífice, Sucesor de san Pedro y Vicario de Cristo en la tierra. Por eso en el Opus Dei amamos al Papa, sea quien sea, y nos gusta manifestarle cariño humano y sobrenatural. Permanecer unidos al Papa es el único modo de ser fieles a las palabras de Nuestro Señor, que ha asegurado: super hanc petram ædificábo Ecclésiam meam. Es Cristo quien edifica la Iglesia —y nosotros con Él— por medio del Espíritu Santo, pero sobre el fundamento que Él mismo ha puesto. No hay más camino que actuar siempre cum Petro et sub Petro, en unión con el Papa y sujetos a su autoridad.
Homilía en un aniversario de la dedicación de la iglesia prelaticia.
Roma, iglesia prelaticia de Santa María de la Paz, 2-V-1988.
Publicado en “Romana” IV (1988) 101.

CAPÍTULO III

El desarrollo de la vida cristiana

Este capítulo, de corte específicamente espiritual, muestra el desarrollo de la vida
cristiana, que se edifica sobre la base de las virtudes humanas elevadas por la gracia al
plano sobrenatural. En este cuadro, destacan los puntos esenciales del mensaje de san
Josemaría dirigido a todos los cristianos, que don Álvaro desarrolla con su personal
estilo: la filiación divina en Cristo como fundamento de la vida sobrenatural; la
humildad, base de todas las virtudes; el desarrollo de la vida cristiana sobre esa base,
mediante el ejercicio de las virtudes teologales de fe, esperanza y caridad.
La fe, fundamento de la existencia cristiana
109 «La fe, bajo la guía del Espíritu, nos introduce a una visión atinada y
exacta del misterio de Dios y del misterio del hombre; del misterio de Dios operante
en la historia del hombre. Nadie como el cristiano tiene acceso a la verdad completa
sobre el hombre, porque Cristo “revela plenamente el hombre al hombre mismo”»
(RH 10). La fe, bajo la guía del Espíritu, nos enseña el fin sobrenatural de la
criatura humana, el amor de predilección de que Dios la ha hecho objeto, la
dignidad excelsa a la que ha sido elevada; nos descubre —colmo del amor— el
anonadamiento del Dios hecho Hombre, que se abaja y se entrega para redimir al
hombre de la postración del pecado; nos muestra la intimidad de un Dios que se
prodiga en cuidados paternos para que todos los hombres se salven y vengan al
conocimiento de la verdad (1 Tm 2, 4); nos señala esa ley escrita por Dios mismo en
los corazones (cfr. GS 16), que empuja hacia el abrazo del Padre, hacia la felicidad
terrena y eterna.

Homilía en la inauguración del año académico de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz,
Roma, Basílica de San Apolinar, 15-X-1986.
Publicado en “Romana” II (1986) 274.

BIBLIOGRAFÍA


COMO SAL Y COMO LUZ

Mons. Álvaro del Portillo
Hugo de Azevedo
Biografías
Colección Testimonios
Edición 5ª, septiembre 2013
Páginas 304
Formato 21,5 x 13,5
Encuadernado Rústica con solapas
Idioma Español
ISBN 978-84-9840-723-5
Editorial Palabra


Escritos sobre el sacerdocio
Álvaro del Portillo
Espiritualidad
Colección Estudios Palabra
Edición 6ª, enero 1991
Páginas 208
Formato 21,5 x 13,5
Encuadernado Tela
Idioma Español
ISBN 978-84-7118-721-5
Editorial Palabra

FILMOGRAFÍA





Oración